domingo, 15 de septiembre de 2019

LÚCIDO


    
     Estaba caminando por un pasillo del instituto buscando la secretaría de alumnos. El pasillo parecía no tener fin, tan así que el techo, el piso y las paredes con sus ventanas y puertas convergían en un punto a la altura de los ojos. Tenía la urgencia de tramitar un certificado de  materias aprobadas porque ya había lamentado las consecuencias de haber descuidado ese seguimiento,  y  sabía que estaba en una fecha límite para hacerlo; además, el horario de atención de la secretaría estaba por finalizar. En cualquier puerta a la que me asomaba encontraba un aula vacía o un espacio abandonado.  Al avanzar también veía pasillos laterales de los que no tenía idea de adónde conducían. Caminaba cada vez más ansioso por hacer ese trámite importante.
    Más adelante vi una ventana abierta y apuré el paso pensando que por fin había llegado, pero la ventana daba al exterior, a un paisaje nocturno de una ciudad fantástica en la que las ventanas de los edificios y las fuentes de iluminación artificial parpadeaban con algún patrón rítmico.  Una autopista gigantesca se extendía sinuosa hasta el horizonte, hasta un punto en que un poderoso resplandor desteñía el cielo negro. Asomándome más y mirando hacia abajo, descubrí que la autopista salía del interior del edificio del instituto, como si en la entrada de la planta baja hubiera un túnel.  Sobre los carriles de la autopista había un embotellamiento infernal en sus dos sentidos de circulación. Las luces traseras de los vehículos que se veían hacia el horizonte formaban un río de lava incandescente que se desplazaba con lentitud.   A la izquierda de la autopista estaba el restaurante que veo siempre cuando abandono el instituto para volver a casa y del cual suele llegar un aroma irresistible de asado. Desde la ventana también podía ver a los clientes sentados a las mesas. Me llegaban sus exclamaciones por el caos vial mezcladas con el ruido que producían la vajilla y la música funcional.
    Un compañero de clase, Silvio,  apareció junto a mí en el pasillo y me dijo que los colectivos iban a dejar de circular en cualquier momento porque se había declarado un paro sorpresivo de transportes. Le pregunté dónde estaba la secretaría y me señaló otra ventana unos metros más adelante, que estaba tapeada con tablones rústicos y asegurada con cadenas negras.  
  ---Olvidate. Ya no atienden más--, dijo Silvio mirando su reloj.
 ---¿No atienden más?--, repetí alarmado.
 ---Mejor andate a tu casa cuanto antes.
     Silvio me hablaba algo distraído, parecía pendiente de algo que estaba por ocurrir alrededor.                                              
    De pronto, por uno de los pasillos laterales apareció Writer. Mi ansiedad desapareció como por un chasquido hecho con los dedos. Me di cuenta de que Silvio notaría mi cambio de la ansiedad a un estado de entusiasmo casi eufórico, así que tenía que disimularlo. Y  a pesar de que Writer me había saludado con el afecto de siempre, enseguida se enfrascó en una conversación  de susurros con Silvio. Me pareció que intercambiaban secretos tan intrigantes como irresistibles.  Comparado con Silvio, yo no debía ser mejor confidente. Él no escribía historias como nosotros, pero sin dudas era mejor cómplice para otros afanes. Con la barba y la boina que suele llevar se parece al famoso héroe guerrillero; además, ambos escucharían bandas que yo no conocía,  con esos nombres que veía estampados en sus remeras.
   ---Che, nos vemos otro día--, los interrumpí.  Pero Writer me retuvo del antebrazo mientras le encargaba mucho algo a Silvio antes de despedirlo. Entonces Writer por fin me miró y me dijo:
  ---Venite conmigo o te vas a quedar a dormir acá. Te alcanzo en auto.      
  ---Dale--,  le dije, disfrazando otra vez mi verdadera reacción.
   No sé cómo fue que llegamos a un estacionamiento subterráneo poco iluminado, que se parecía a los de los shoppings. Caminaba detrás de Writer  hasta que llegamos a un Torino blanco. Ni bien subió y se ubicó al volante, se puso a buscar algo en la guantera y en el piso. Me hizo la seña de que entrara. Cuando abrí la puerta, me habló abstraído:
   ---Vení acá adelante; igual tenemos que esperar un poco.
      No pregunté qué teníamos que esperar y la verdad es que no me importaba por cuánto tiempo.    Me ubiqué en el asiento del acompañante y me puse a mirar la radio con sintonizador de botoneras y el encendedor que había sobre el panel rudimentario símil madera. Y entonces comencé a sentir que me hundía en el asiento y que mi cuerpo estaba inmovilizado, como si estuviera envuelto apretadamente  en una manta. La cara de Writer se veía fosforescente por el resplandor de la pantalla encendida de su celular mientras leía algo con el entrecejo fruncido.  Mi entusiasmo se aplastaba otra vez, aunque mi estado de ánimo ya no era el mismo que tenía cuando andaba perdido por el pasillo. Me deslizaba lentamente hacia abajo, como si el asiento fuera de arenas movedizas.
     Repentinamente, Writer guardó el teléfono y me miró a la cara desde arriba porque yo seguía hundiéndome; parecía a punto de decirme algo gracioso pero me dio la impresión de que no encontraba las palabras. En su cara se dibujó una sonrisa que conozco bien porque estaba plasmada en mi mente; una sonrisa con la que hace poco me había agradecido por algo que le traje de la cantina del instituto (dos cosas en realidad, de las cuales eligió una). Yo había entrado tarde a la clase de Language. Writer había elegido un pupitre de adelante,  junto  al escritorio de la profesora, aunque orientado hacia la puerta, que es lateral.
    A pesar de que mi cuerpo estaba paralizado y de que no paraba de descender, uno de mis brazos se liberó y logré acercar una mano hacia su cara. Le toqué el mentón y le acaricié apenas el filo de la mandíbula. Y entonces, no sé cómo, Writer acercó su cabeza bajándola hacia mi cara; y yo a su vez, venciendo otra vez esa parálisis, hice lo propio hasta que nuestros labios se rozaron. No me esquivó ni se apartó. Fue un contacto de segundos, no más de dos, leve, lúcido.  Si tuviera la habilidad de poner en palabras lo que me produjo ese contacto consideraría seriamente dedicarme a escribir. Y me oí decir algo que fue la peor forma de traicionarme: ¿Tuve que esperar todo este tiempo? Lo lamenté de inmediato cuando noté un dejo de desaprobación en su cara.  El instante se hizo añicos cuando movió los labios:
    ---Ahí vienen.
   Para entonces, la base del respaldo del asiento casi coincidía con mis hombros. Y así como estaba, vi aparecer dos cabezas que me miraban desde afuera del auto. Se abrió la puerta y uno de los llegados se asomó al interior y me observó. Por la boina, creo era Silvio. Pude distinguir a la otra persona; era una compañera en común de alguna materia del mismo instituto. Todos me miraban divertidos, sabía qué chiste me estaban por hacer.
      Hasta ahí.
        
    ¿Qué había pasado antes de que yo apareciera por el pasillo del instituto buscando la secretaría de los alumnos?
    No lo recuerdo.
  ¿Qué pasó después ahí, en el estacionamiento?
    En ese plano, nada más.  En este plano: ¡Dijimos que podríamos explotar cualquier experimento!








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