miércoles, 9 de octubre de 2019

THE PURPLE DOOR




        They say I am a very sharp-eyed person; the slightest change o variation in the things I see around me rarely escapes my attention. Now, give it a thought: if you live in a monster city such as Buenos Aires and boast about having this arguably neurotic ability perhaps it would be better to keep it to yourself. Anyway, I have come to terms with this city’s chaos, even when it comes to traffic. I dread driving to my studio, I simply walk for almost twenty minutes every day or use public transports. Every single day, same path, same buildings, same lights and, of course, same people. Everything is as familiar to me as the way my working stuff is arranged on my desk . Until today.
          The purple door stands a few doors before I reach my studio’s door. I don't really know what  there is behind it. Is it a kind of small theatre, a club or a brothel? I don’t have the foggiest. I have always seen it locked with a huge padlock, but not today, the door was ajar.  Who’s about to emerge from inside, Nosferatu, Dracula or a flamboyant, fortune-teller gypsy? I chuckled to myself. Why I did not keep on walking, but paused right before that door, I’m still wondering.  My eyes became fixed on the narrow patch of darkness until they caught sight of the most bewildering thing.
         Half a frightened face poked out of the purple door briefly a single time, which made me jolt.  “Am I going insane or that face looked like mine?” I stammered. It was such a shock that I nearly took to my heels. But some strange, irresistible force compelled me to get in past that door.
I wish I were Guy de Maupassant in his story Who Knows, to be able to explain how the person who had been hiding behind that purple door was swapped by the entering “me”, this taking place in a pitch dark space. Yes, because somehow I had entered that place.  All my recent memories had been completely wiped out. Now I felt that I was simply, naturally, this other person, someone who had been trapped there for an indefinite length of time, until he (or rather I) noticed that the door was all of a sudden unlocked. And when I or he ---either could be the case--- eventually plucked up the courage to face the dazzling daylight and the traffic din of the street, this mirror-like confronting took place. How come? One “me” breaking free from that timeless darkness at last and another one being sucked in by spell of the purple door and its lock. 
      Now, I'd hate to kill the mystery at this point by telling you something I worked out while lying in bed. It was like an epiphany. Some years ago, walking along the pavement where this story took place, I was pushed hard against this purple door by a car out of control. I always believed that I had remained unconscious on the threshold, where they found me, but this peculiar hiatus about being trapped behind the purple door today caused all the pieces to fall into place. Perhaps now I understand the meaning of a recurring nightmare about struggling desperately to break free from a crypt. The door had been ajar when the car made me hit it. I’d been  inside for an instant, dreading to die there and then in the dark, so I must have dragged out toward the light, in spite of the hellish traffic that terrified me as well! But this horrific bit of memory had become sunk into oblivion and today was retrieved in the strangest of fashions.
      My shrink told me that what happened is something to do with losing track of reality for a while. According to him, I’ve never walked in past the purple door for a second time. However, I’d say that not always everything can be accounted for. So should something alike ever happen to you, start scanning your fears and your dreams. As for me, I don’t think the nightmare about being trapped in a crypt will ever haunt me again.



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         This story is mine (Eusebio Natanael). The kicking off idea at the beginning is Writer's.

domingo, 29 de septiembre de 2019

LA TAREA QUE ME DIO MIRTA


Esto es lo que escribí sobre las observaciones que hice a pedido de Mirta, mi terapeuta. La última vez que estuve con ella en su consultorio, surgieron unas cuestiones recién hacia el fin de la sesión.  Mirta no estuvo de acuerdo en general con algunas de mis impresiones, pero bueno, lo que diga se supone que puede aportar un punto de vista diferente y calificado.   
Como nuestra hora se terminaba y tuvimos que dejar justo cuando empecé a dar con ideas que le parecieron interesantes, Mirta me asignó esta tarea para la semana: que anote las cosas que se me vayan ocurriendo a partir de lo que observe/escuche a mi alrededor.
 ---Creo que así en la próxima sesión podríamos ir directamente al punto con cosas como las que me empezaste a contar de repente, después de que permaneciste callado la mayor parte del tiempo.
---¿Escribo todo, como un diario?
---No, no como un diario. Solo las ideas. Frases. Como en los telegramas. Por ejemplo, en tu trabajo, tomás notas muy breves, para no interrumpir mucho tus tareas. Me traés lo que anotaste y charlamos sobre eso. Y si querés y podés, lo elaborás un poco más en tu casa, o donde quieras, para que no olvides las cosas que querés decir.
Iba a hacerle este chiste: “COMPAÑERO SIEMPRE HACE COMENTARIOS RACISTAS. STOP.  ENVIDIOSO Y TILINGO. STOP. FORRO SIN DUDA. STOP”, pero con Mirta me propuse ser serio, así que me quedé callado. Con las psicológas, más que con otras personas, hacer chistes de este tipo puede conducir al tema de la madurez, cosa que ahora no me parece pertinente.
Bueno, saco el papel doblado del bolsillo del pantalón y trato de pasar en limpio lo que escribí en esa caligrafía espantosa que tengo mientras el mozo me trae el cortado. Voy a agregar un borrador de los comentarios que amplían mis anotaciones breves. Las partes que subraye van a ser para decírselas a Mirta cuando esté sentado frente a ella.  Las que no subraye, en cambio, me las voy a reservar. Ya veré para qué. Así que veamos...
Notas para Mirta:  
El comportamiento de los que me rodean en la oficina es bastante predecible. (Ya estoy viendo a Mirta, arqueando las cejas y haciendo un gesto inquisitivo.) 
Si bien supongo que cada persona tiene una manera de comportarse que le es característica, ¿qué parte de esa forma de ser le es genuínamente propia, es decir, no modelada (por no usar un término que suene técnico como “determinada”) por la convivencia grupal? También, ¿no tendrá lugar algo así como ese fenómeno que yo denomino "síndrome de la hinchada popular"?

Una vez intenté explicárselo más o menos así: en una tribuna en la cancha, los hinchas cantan, se mueven y hacen todo como si fueran una sola persona, en nombre del amor por una camiseta. Si de esta masa aisláramos a un individuo, quizás veamos que continúa cantando por unos instantes con esa voz deformada que emula el rugido de una multitud, hasta que con el correr de los minutos, ya separado de los otros energúmenos, recupere su identidad/individualidad propias. La pregunta es ¿cómo el todo llegó a formarse de la suma de las partes, viendo que ahora el susodicho individuo en forma separada volvió a ser él mismo, es decir un pobre infeliz? O bien, esta otra forma de ver el fenómeno: si hubiera alguien, una sola persona en medio del fragor de la tribuna, que no quiere que se lo lleven puesto, porque simplemente desea ver el partido tranquilo, ¿dejarán que logre lo que pretende? Realmente, yo no lo sé porque no debe ser una buena idea oponerse a Hulk (=la hinchada de la tribuna). Sospecho que la existencia de la bestia tiene un por qué y un para qué.
Ya le había dicho una vez algo parecido a Mirta. Me respondió "ay, no exageres”, y me explicó algo así como que se trata de un ritual consagrado por la cultura popular, que tiene un gran arraigo en nuestra sociedad, y bla bla. Pero no sé si entendió que para mí esto no estaba en cuestión sino que me refería al fenómeno de la despersonalización de los individuos. Porque, ¿hasta dónde es normal que alguien se tenga que despojar de su propia forma de ser, de los valores que le inculcaron (si es que le inculcaron alguno), para que se confunda en una turba y le reviente la cabeza a alguien por amor a una camiseta?  Convengamos en todo caso que lo que pasa en una cancha estará bien porque hablamos de una cancha, pero hay mucha gente que traslada la intimidación grupal otros ámbitos de la sociedad, o que se comporta como si permaneciera en un estado de adolescencia perpetua de colegio secundario, donde es mejor que no se te ocurra diferenciarte de los demás.

Me di cuenta de que estas cuestiones son bastante difíciles de explicar. Me pasa siempre cuando estoy frente a Mirta que no encuentro las palabras o me cuesta capturar mis propias ideas. Hace dos sesiones le dije que en muchos hogares, los padres son los que menos crían y educan a sus hijos. ¿Y quiénes si no? me preguntó. La televisión, le respondí, o más bien internet, las redes sociales, las modas, los amigos, cualquiera. Los padres están ausentes trabajando para mantener cierto nivel de consumo o están muy ocupados procurando conservarse por siempre teenagers. Eso la debe haber molestado un poco porque la vi revolver los ojos; creo que la hice sentir incómoda, aunque no fue mi intención. Me preguntó si no es una forma un poco simplista de entender la realidad. No voy a subrayar esto último que escribí para que cuando analicemos el tema no volvamos a los mismos lugares. 
Lo que sí subrayo es esta otra cosa que escuché contar a alguien a mi alrededor un par de días atrás: “¿Viste esos primeros días, cuando empezás en un nuevo laburo, cuando todavía no sabés bien a quién le vas a hablar, con quién te vas a dar o no…?”  Bueno, opino que me parece una actitud perversa por no decir una actitud de mierda. A lo mejor Mirta no va a ver nada malo en esto, pero yo identifico en esta actitud un cariz doble: por un lado la ansiedad de sobrevivir ante el grupo uniformizado y uniformizante, y después, por su puesto, la ambición/aspiración individual.

Cuando le diga estas cosas, Mirta va a separar un poco los labios como suele hacer, a veces golpeando suavemente el extremo de su lápiz contra el labio inferior. Me hace acordar a Marylin Monroe cuando cantó Happy Birthday, Mr President. La última vez que hizo eso, estaba cruzada de piernas, haciendo que las pantorrillas blancas trabajadas en el gimnasio se marcaran aún más. Y a pesar del reflejo de la luz de la ventana sobre sus anteojos de marco grande (que están de moda), pude distinguir sus ojos sorprendidos. Tuve una erección pero me tapé con el pulóver que llevaba en la mano. Y por supuesto, no subrayo estas cosillas, jeje.
Pero es cierto. Y creo que lo constaté cuando empezó un compañero nuevo la semana pasada. Los primeros instantes en que traté con él, lo noté una persona libre de influencias. Se comunicaba con naturalidad, en un ida y vuelta, como creo que es lo normal. Y otra vez --coerción del entorno de por medio-- esa necesidad de dejar su yo original por sobrevivir, porque a los pocos días el chico se convirtió otro selectivo y otro "solo hablamos si vos me hablás primero" en la comunicación. Como yo ya sé que Mirta me va a preguntar que cómo lo sé, que qué hay de malo en pertenecer, tendré que presentarle evidencias más concretas.

Y esto es otra cosa que anoté para mi tarea: escuché cuando los de alrededor le informaron significativamente al pibe nuevo que cierto empleado que trabaja en la otra sala del piso es la persona más odiada de la empresa. El pibe nuevo, en su necesidad de pertenecer para sobrevivir, ya ha dado muestras de haber etiquetado según se le dijo.

El acatamiento al "deber ser colectivo" y la pérdida de la personalidad propia (y original) subyacen en las cosas que observo cuando digo que la gente es por demás predecible. No se nota en la superficie pero es así, y no estoy lejos de dar con el núcleo de este comportamiento colectivo (las dos o tres personas que están detrás) e identificar el rationale.

Lo que sigue no se lo voy a comentar a Mirta. Una vez me dijo "intelectualizás mucho". Pero si no estoy aludiendo al hombre primitivo de Hobbes. En todo caso podría referirme al de Rousseau, aunque en en realidad a ninguno porque estoy hablando de situaciones cotidianas/ ámbitos domésticos. "Mirta, la ciencia oficial dice que el planeta y el hombre devinieron del big-bang, que la supervivencia del más apto es la ley, y no debe extrañar porque la parte que sobra de la torta a ser repartida es limitada". Sé que no es tan así. De hecho Mirta puede volver a decirme que es simplista pensar a la gente así. Más simplista es, sin embargo, seguir al rebaño, favoreciendo intereses competitivos no visibles. ¿No visibles?

Quisiera que Mirta me contradiga en estas cosas, que se revuelva incómoda en su sofá cambiando la pierna que cruza. Quisiera que en nuestra hora de sesión, que suele pasar tan rápido, ella me haga ver cosas que tal vez no estoy pudiendo ver. Y espero no distraerme para que pueda defender mi punto de vista. Voy a tener mi pulóver a mano.







Esto es ficción. Cualquier semejanza con la realidad es...
Bueno, los escritores solemos encontrar inspiración lista para usar en todas partes... 😁


domingo, 15 de septiembre de 2019

LÚCIDO


    
     Estaba caminando por un pasillo del instituto buscando la secretaría de alumnos. El pasillo parecía no tener fin, tan así que el techo, el piso y las paredes con sus ventanas y puertas convergían en un punto a la altura de los ojos. Tenía la urgencia de tramitar un certificado de  materias aprobadas porque ya había lamentado las consecuencias de haber descuidado ese seguimiento,  y  sabía que estaba en una fecha límite para hacerlo; además, el horario de atención de la secretaría estaba por finalizar. En cualquier puerta a la que me asomaba encontraba un aula vacía o un espacio abandonado.  Al avanzar también veía pasillos laterales de los que no tenía idea de adónde conducían. Caminaba cada vez más ansioso por hacer ese trámite importante.
    Más adelante vi una ventana abierta y apuré el paso pensando que por fin había llegado, pero la ventana daba al exterior, a un paisaje nocturno de una ciudad fantástica en la que las ventanas de los edificios y las fuentes de iluminación artificial parpadeaban con algún patrón rítmico.  Una autopista gigantesca se extendía sinuosa hasta el horizonte, hasta un punto en que un poderoso resplandor desteñía el cielo negro. Asomándome más y mirando hacia abajo, descubrí que la autopista salía del interior del edificio del instituto, como si en la entrada de la planta baja hubiera un túnel.  Sobre los carriles de la autopista había un embotellamiento infernal en sus dos sentidos de circulación. Las luces traseras de los vehículos que se veían hacia el horizonte formaban un río de lava incandescente que se desplazaba con lentitud.   A la izquierda de la autopista estaba el restaurante que veo siempre cuando abandono el instituto para volver a casa y del cual suele llegar un aroma irresistible de asado. Desde la ventana también podía ver a los clientes sentados a las mesas. Me llegaban sus exclamaciones por el caos vial mezcladas con el ruido que producían la vajilla y la música funcional.
    Un compañero de clase, Silvio,  apareció junto a mí en el pasillo y me dijo que los colectivos iban a dejar de circular en cualquier momento porque se había declarado un paro sorpresivo de transportes. Le pregunté dónde estaba la secretaría y me señaló otra ventana unos metros más adelante, que estaba tapeada con tablones rústicos y asegurada con cadenas negras.  
  ---Olvidate. Ya no atienden más--, dijo Silvio mirando su reloj.
 ---¿No atienden más?--, repetí alarmado.
 ---Mejor andate a tu casa cuanto antes.
     Silvio me hablaba algo distraído, parecía pendiente de algo que estaba por ocurrir alrededor.                                              
    De pronto, por uno de los pasillos laterales apareció Writer. Mi ansiedad desapareció como por un chasquido hecho con los dedos. Me di cuenta de que Silvio notaría mi cambio de la ansiedad a un estado de entusiasmo casi eufórico, así que tenía que disimularlo. Y  a pesar de que Writer me había saludado con el afecto de siempre, enseguida se enfrascó en una conversación  de susurros con Silvio. Me pareció que intercambiaban secretos tan intrigantes como irresistibles.  Comparado con Silvio, yo no debía ser mejor confidente. Él no escribía historias como nosotros, pero sin dudas era mejor cómplice para otros afanes. Con la barba y la boina que suele llevar se parece al famoso héroe guerrillero; además, ambos escucharían bandas que yo no conocía,  con esos nombres que veía estampados en sus remeras.
   ---Che, nos vemos otro día--, los interrumpí.  Pero Writer me retuvo del antebrazo mientras le encargaba mucho algo a Silvio antes de despedirlo. Entonces Writer por fin me miró y me dijo:
  ---Venite conmigo o te vas a quedar a dormir acá. Te alcanzo en auto.      
  ---Dale--,  le dije, disfrazando otra vez mi verdadera reacción.
   No sé cómo fue que llegamos a un estacionamiento subterráneo poco iluminado, que se parecía a los de los shoppings. Caminaba detrás de Writer  hasta que llegamos a un Torino blanco. Ni bien subió y se ubicó al volante, se puso a buscar algo en la guantera y en el piso. Me hizo la seña de que entrara. Cuando abrí la puerta, me habló abstraído:
   ---Vení acá adelante; igual tenemos que esperar un poco.
      No pregunté qué teníamos que esperar y la verdad es que no me importaba por cuánto tiempo.    Me ubiqué en el asiento del acompañante y me puse a mirar la radio con sintonizador de botoneras y el encendedor que había sobre el panel rudimentario símil madera. Y entonces comencé a sentir que me hundía en el asiento y que mi cuerpo estaba inmovilizado, como si estuviera envuelto apretadamente  en una manta. La cara de Writer se veía fosforescente por el resplandor de la pantalla encendida de su celular mientras leía algo con el entrecejo fruncido.  Mi entusiasmo se aplastaba otra vez, aunque mi estado de ánimo ya no era el mismo que tenía cuando andaba perdido por el pasillo. Me deslizaba lentamente hacia abajo, como si el asiento fuera de arenas movedizas.
     Repentinamente, Writer guardó el teléfono y me miró a la cara desde arriba porque yo seguía hundiéndome; parecía a punto de decirme algo gracioso pero me dio la impresión de que no encontraba las palabras. En su cara se dibujó una sonrisa que conozco bien porque estaba plasmada en mi mente; una sonrisa con la que hace poco me había agradecido por algo que le traje de la cantina del instituto (dos cosas en realidad, de las cuales eligió una). Yo había entrado tarde a la clase de Language. Writer había elegido un pupitre de adelante,  junto  al escritorio de la profesora, aunque orientado hacia la puerta, que es lateral.
    A pesar de que mi cuerpo estaba paralizado y de que no paraba de descender, uno de mis brazos se liberó y logré acercar una mano hacia su cara. Le toqué el mentón y le acaricié apenas el filo de la mandíbula. Y entonces, no sé cómo, Writer acercó su cabeza bajándola hacia mi cara; y yo a su vez, venciendo otra vez esa parálisis, hice lo propio hasta que nuestros labios se rozaron. No me esquivó ni se apartó. Fue un contacto de segundos, no más de dos, leve, lúcido.  Si tuviera la habilidad de poner en palabras lo que me produjo ese contacto consideraría seriamente dedicarme a escribir. Y me oí decir algo que fue la peor forma de traicionarme: ¿Tuve que esperar todo este tiempo? Lo lamenté de inmediato cuando noté un dejo de desaprobación en su cara.  El instante se hizo añicos cuando movió los labios:
    ---Ahí vienen.
   Para entonces, la base del respaldo del asiento casi coincidía con mis hombros. Y así como estaba, vi aparecer dos cabezas que me miraban desde afuera del auto. Se abrió la puerta y uno de los llegados se asomó al interior y me observó. Por la boina, creo era Silvio. Pude distinguir a la otra persona; era una compañera en común de alguna materia del mismo instituto. Todos me miraban divertidos, sabía qué chiste me estaban por hacer.
      Hasta ahí.
        
    ¿Qué había pasado antes de que yo apareciera por el pasillo del instituto buscando la secretaría de los alumnos?
    No lo recuerdo.
  ¿Qué pasó después ahí, en el estacionamiento?
    En ese plano, nada más.  En este plano: ¡Dijimos que podríamos explotar cualquier experimento!








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sábado, 27 de julio de 2019

BERTA. (final)


Ir antes al comienzo de la historia en la entrada anterior.
Hacer click acá >>BERTA (parte 1)


(Edité algunos párrafos. Estoy bastante seguro que ya está la versión definitiva )


Parte 2 (final)


---¿Pero quién…? ¿Por qué gritaron así?--, pregunté contraído desde la coronilla hasta los dedos de los pies. ---Deben haber entrado ladrones.
---No, no pasa nada. Es Silvia. Los muertos le impresionan mucho; grita por cualquier cosa--, me contestó Delia.
---¿Silvia? ¿Quién es?
---Es la chica que viste acá al llegar. La única vecina que se ofreció a ayudarme aparte de Amanda. 
---¿Saltaron los tapones o el corte será de la zona?— pregunté esperando que también Amanda me contestara. Delia prendió un fósforo y se puso a buscar algo en un mueble que había al lado de la cocina. Encendió una vela y me la puso en la mano. Noté que Amanda no estaba.
---Voy a la oficina del encargado abajo a ver qué pasó---, me dijo mientras se asomaba a la sala como si quisiera buscar a alguien en la oscuridad.
---¿Y Amanda adónde fue?
   Delia se encogió de hombros.
---Haceme un favor: quedate un minuto con la vela ahí---. Señaló la sala donde estaban el ataúd y las mujeres que asistían---. Voy abajo a ver qué pasó con la luz.
Iba a decirle que contaba con la linterna del celular mientras palpaba los bolsillos de mi campera pero recordé que lo había dejado en otra que era más costosa, que a último momento decidí no usar por mi seguridad. Si el orgullo de mi mujer le iba impedir llamarme o mandarme un Whatsapp, era mejor. Solo que si ocurriese algún problema en casa ahora no podría enterarme.
---Voy a prender las velas de ese candelabro---, dije señalando el que estaba detrás del ataúd, en cuyo centro se erigía la cruz violeta.
---Es eléctrico. Por eso, andá con ellas ahí un minuto que ya vuelvo.
Y vi a Delia desaparecer en la oscuridad. Un instante después alguien encendió un par de velas sobre una mesita que ubicaron a los pies del ataúd. Yo me quedé vacilando unos segundos todavía en el office. Traté de distinguir a Amanda entre las cuatro mujeres que se veían sentadas a ambos lados de la difunta, pero no estaba seguro de reconocerla en la oscuridad. Todavía sosteniendo mi vela, caminé lentamente hacia una mujer que conversaba mirando hacia el otro lado. Me senté junto a ella y, al rozarla, la mujer se dio vuelta de golpe, fijando en mí unos ojos muy saltones y con los párpados demasiado maquillados. No pude evitar sacudirme del susto. Tenía además una sonrisa bastante inapropiada para la situación.
  ---¿Vos sos el novio de Delita, no?---, me dijo la mujer, mirándome con mucho interés.
        La otra mujer sentada del otro lado se inclinó para verme. También sonreía como si estuviera en una fiesta. Cuando les expliqué que hacía muchos años que había salido con Delia se miraron entre sí de una manera que me intrigó bastante. El aspecto de esas mujeres era de por sí muy raro, pero sería también porque sostenía mi vela muy cerca y eso distorsionaba mi visión, así que me levanté para dejarla parada junto a las otras dos velas sobre la mesita. Y cuando la incliné para adherirla con gotas de cera derretida, el pábilo se apagó como si alguien le hubiera dado un soplo fuerte y repentino. Será una correntada de aire o esa vieja graciosa, pensé. Volví a encenderla y la dejé parada. Me fui a sentar y me puse a ver a las otras mujeres que estaban sentadas. Me extrañó ver que no fueran cuatro como había notado desde el office sino tres. Pensé entonces que una de las que había visto en la oscuridad debía ser Amanda, quien en algún momento habría salido de allí, yéndose probablemente también  a la planta baja del salón.
Pasado un instante me levanté para bajar y ver qué estaba haciendo Delia. La encontré en la entrada al salón abrazando a la chica que la había estado ayudando con el café. Aquella se veía alterada, parecía presa de un ataque de nervios. Pregunté si estaba todo bien.
  ---Silvia, no pasa nada, en serio. Te debés haber confundido con una de las otras viejas de ahí… ---, le decía Delia a la chica.
  ---No, en serio, Delia. ¡No me creés pero yo vi lo que te estoy diciendo! Perdoname pero yo me voy. ¡No me quiero quedar acá!
   En ese momento, la luz regresó tan súbitamente como se había cortado. Ahora que recuerdo me río porque en ese momento me sentí aliviado.
  ---¡Listo!--, dijo el administrador del salón saliendo de su oficina---. Nunca saltan los tapones acá, no sé qué habrá pasado. Tuve que buscar un filamento de cable para arreglarlo. Disculpen las molestias.
   Cuando Silvia se soltó del abrazo de Delia y me miró tenía los ojos desorbitados.
  ---¿Qué le pasó?
       Delia me hizo un gesto de que no preguntara y me pidió si podía acompañar a la chica a su casa, así ella se quedaría para atender el velorio.  Me dijo que Silvia vivía a dos cuadras de mi antigua casa. La chica agarró su abrigo, se mostraba ansiosa de irse cuanto antes de allí.
 ---Todavía recordarás estas calles ¿no, Walter?---, me dijo Delia. Y acercándose a mí me susurró al oído: ---Ahora sí que te necesito, Walter. Amanda no sé a dónde se fue ni si va a volver. Después te cuento lo que pasó.
    Delia debió haber notado la expresión de intriga en mi cara cuando la miré al abrir la puerta para que Silvia y yo saliéramos a la calle. Cuando me di vuelta luego de cerrar la puerta, vi que la chica había avanzado apurada varios metros, así que troté un poco para alcanzarla.
---Bueno, ¿Me contás qué viste, qué pasó? ¿Vos gritaste?
---Tendría que haberle hecho caso a mi vieja cuando me dijo que no me metiera con ellas.
---¿Ah sí? ¿Qué paso?
  Silvia caminaba rápido; yo apuraba el paso para mantenerme a su lado. Alcanzamos el cruce con la avenida sobre la que se encontraba mi antigua casa y doblamos por ella. Mi casa quedaba a dos cuadras; la volvería a ver después de tantos años porque había llegado directamente al salón velatorio por otro camino cuando el sol se acababa de poner.
Como la chica iba callada y mirando su celular, repetí la pregunta. Me respondió con pocas ganas:
 ---Mirá, si me vas a creer o no, no me importa. Se había cortado la luz. Yo acababa de volver del baño que está al lado administración en la planta baja. Pasaba en frente del cajón y noté que en la oscuridad el resplandor violeta de la cruz fosforescente se entrecortaba. Deben ser las viejas que se pararon y se pusieron a caminar, me dije. Prendí la linterna del celular para ubicar luces de emergencia, y no, no servían. Ahí vi que las tres viejas estaban paradas. Y por detrás de ese candelabro con la cruz… ¡Ay no, no me quiero acordar!
 ---¿Qué cosa? ¿Qué viste?
   La chica caminaba rápido y se persignaba.
 ---¿Qué?---, insistí.
 ---Atrás del candelabro vi la forma de un hombre alto que no sé quién era. No puede verle bien la cara.  Estaba detrás de las velas de ese candelabro con la cruz. En esos dos  o tres segundos en que apunté con la luz del celular vi una sombra enorme detrás de ese hombre, contra la pared. La sombra tenía cuernos así: --Con las manos Silvia se dibujó unos cuernos altos y ondeados sobre la cabeza-- ¡Ese desconocido estiró un brazo que noté que era peludo y señaló el cuerpo de la difunta! Las viejas al instante se fueron a parar bien cerca del cajón y levantaron los brazos así:--hizo un ademán de adoración. En ese momento mi linterna se apagó y volví corriendo a la escalera para bajar. ¡Me puse a gritar como loca! 
 ---¿Pero estás segura de lo que viste? ¿No te habrás…?
 ---¡Claro que vi eso! ¡Le dije a Delia y apenas parecía sorprendida!
 ---¿Estás segura? Debes haber visto al administrador. Viste que no es muy agradable... Además en la oscuridad…
 ---¡No! Te digo que era alguien que no sé cuándo llegó. ¡Y esa sombra con cuernos! Al administrador lo encontré al bajar, me preguntó qué estaba pasando.
 ---¿Pero no había otra persona además de esas mujeres?
 ---Vos tampoco me creés. Mirá ahí viene mi viejo, lo llamé para que me venga a acompañar. Hasta acá nomás, me voy con mi viejo, gracias.
   Silvia se adelantó corriendo y se aferró al brazo de un hombre que esperaba a varios metros y ambos se alejaron rápido. El hombre se dio vuelta para echarme una mirada por sobre su hombro.
    ¿Qué era toda esta locura en la que me había involucrado de pronto? Un ciruja que encuentro y me advierte sobre una maldición que tengo que cortar por el bien de todos, el velatorio de esta mujer de quien yo ya había sospechado de hacer brujerías y que… había enterrado cuchillos que había que encontrar urgente… Y ahora… ese hombre que apareció ahí durante el corte de luz. ¿Su sombra tenía cuernos y las viejas actuando raro…? Mi antigua casa estaba a media cuadra de donde estaba. Me vino un recuerdo…

    ---Bajemos un poco el volumen. Nunca se escuchó Heavy Metal en esta casa…
    ---Dejá de hinchar las pelotas, Walter. ¡Tu vieja se imaginará que no vamos a escuchar a Julio Iglesias!
    --- Va a pensar que vos o yo estamos poseídos, ya nos va a tocar la puerta. ¿A ver la tapa? ¡Faaa! ¿Quién es, el inventor del Chevrolet? 
    ---Con el Maligno no se jode---, me dijo mi amigo Roberto, haciendo un cuernito con la mano y sacudiendo la cabeza con desenfreno. Yo me quedé fascinado mirando el dibujo de un hombre chivo, que tenía brazos peludos que apuntaban arriba y abajo. Parecía entronizado en medio de una escena infernal.

      Todas las ventanas y otras luces en el interior de mi antigua casa estaban apagadas. Miré el reloj, eran casi las diez. Me pareció que no era una hora apropiada como para golpear la puerta y presentarme a quienquiera fuese el dueño para pedir que me permitiera visitar mi viejo hogar. Quizás al día siguiente si es que todavía estaba acá en San José, aunque no debería demorar mucho con este asunto. Sandra (mi mujer) debía de estar pensando cualquier cosa de mí. De todas maneras me acerqué a una de las ventanas para espiar el interior. La casa parecía abandonada pero es posible que alguien viviera ahí porque la persiana a la que acerqué mi cara no estaba del todo bajada. Del interior venía un tufo a humedad, a abandono; la otra ventana no tenía persiana, estaba cubierta con un material plástico; la madera de la puerta estaba maltratada y cerrada con un candado (nunca habíamos usado eso);  la pintura de la fachada en mal estado y tenía pintadas con aerosol; el césped de la vereda seco y aplastado,  con caca de perro aquí y allá. Ver la que había sido mi casa en ese estado me produjo una sensación de profunda melancolía; sentí deseos de alejarme enseguida para no volver jamás. Al darme vuelta, pasaba un chico en bicicleta por el medio de la calle. Le hice una seña para que se detuviese un segundo. El chico se detuvo curioso. Le pregunté si conocía a la gente que vivía en la casa pero su reacción fue un gesto de perplejidad y el apuro en seguir su camino.
     Cuando regresé al  salón velatorio estaba Amanda esperándome en la puerta. 
     ---Walter, tenemos que empezar a buscar ya.
    ---¿A dónde te habías metido? ¿Te contaron lo que pasó ahí arriba?
     ---No hace falta, lo creo todo.
    --- ¿Sabías que hubo una aparición con cuernos?
   ---Sí, sí, todo es posible. Berta era una bruja, todo es posible. Ahora vení conmigo.
     --- ¿A dónde vamos? Yo no tengo idea de nada.
  ---Mirá, Delia admite que su vieja hacía sus cosas. Conseguí que me contara sobre la época en la que ustedes salían.  Le pregunté si recordaba que la vieja hubiera enterrado algo. 
     --- Ahí me están metiendo otra vez. ¿Qué carajo tengo yo que ver con sus brujerías?
     --- Y, lamentablemente mucho. Fue la época en que el padre de Delia (Enrique) yo nos escapamos… ---.Me miró y notó el enojo en mi cara--- ¡Yo no te metí en esto! Te dije que sé que además de Enrique, el otro hombre que se metió en la vida de ellas fuiste vos. También es por tu bien que me ayudes. Y averigüé una razón concreta por la que te pedimos que vengas hasta esta localidad.
    ---Mirá, la intriga me está carcomiendo más y más con el paso de los minutos. Hace como veinte años que dejé de salir con Delia. ¿Qué puedo tener que ver yo? Realmente no lo entiendo.  
   ---Es que Enrique dejó a Berta y  también apareciste vos, todo por los mismos días. La maldición ya está tirada y no tienen forma de librarse a menos que ahora vengas conmigo. Tenemos que actuar rápido, sin analizar nada, no hay tiempo.
  ---¿Y por qué no vino Enrique y te ayudaba él?
  ---Sería muy duro para Delia ver a su padre así como está. Él me pidió no le diga nada sobre él. Además él está que se muere de lo débil. Si sentiste algo alguna vez por Delia no la hagas mierda hablándole de Enrique.
  ---Igual acá hay algo que no me cierra y no puedo darme cuenta de qué es…
     Amanda sacó algo que llevaba entre la ropa y me lo mostró. Era una foto en la que estábamos Delia y yo en una plaza con juegos cerca del centro comercial de San José. En la foto ella sostenía el perrito y yo la abrazaba por detrás mientras le besaba la mejilla. Habíamos interrumpido a un chico que estaba leyendo para que nos sacara la foto. Si la vieja Berta había visto este recuerdo, con el resentimiento que tendría, tal vez  era mejor que ayudara a deshacer alguna brujería. Fotos…fotos… Y de pronto me preocupó que mi suegra también tuviese fotos mías.
    ---Me acuerdo de ese día. ¿Qué tiene que ver? 
     Me di cuenta de que estábamos caminando en dirección a la ruta. Por esos lugares de San José en aquella época había grandes descampados donde solíamos jugar a la pelota.
   ---Lo que te puedo decir es que hace unas horas, poco antes de empezar a velar a la vieja, conseguí que Delia me contara sobre entierros, ocasiones en que la familia de ella asistió a algún entierro. Acordate de lo que te conté sobre el cuchillo que desenterró Enrique, por eso pensé en entierros. Ahí es cuando tu aporte va a servir…
    ---Me estás haciendo asustar como un chico de ocho años cuando ve una película de terror. ¿Qué tiene que ver esa foto?
    Amanda me miró callada, esperaba que yo mismo me diera cuenta. Y tenía razón porque me acordé. El perrito que sostenía Delia en la foto. Se lo había regalado yo. Le había encantado pero me dijo que mejor no. Me previno que Berta lo iba a odiar, y más sabiendo quién se lo había dado. Fácil, le dije a Delia, decile que lo encontraste en la calle. Para que no me sintiera rechazado lo aceptó pero el perrito habrá durado no más de dos semanas. Un día amaneció muerto entre los pastos altos del fondo de su casa. ¡Qué triste se había puesto Delia! En vez de tirarlo en un basural decidimos enterrarlo cerca de la ruta, no muy lejos del lugar al que nos acercábamos con Amanda. Pero quién sabe dónde exactamente. Avanzábamos rápido por unas calles que todavía eran de tierra. Se ve que los vecinos siempre habían votado al mismo partido político.  
    ---Averigüé todo eso---, dijo Amanda, caminando junto a mí con paso resuelto. 
    ---Sos como una detective pero de brujerías. Lo que me extraña es por qué estás tan segura de que tenemos que ir buscar el cuchillo ahí y no a otro lugar.
    ---Conozco sobre las cosas que hacía Berta.
    ---Che, vos no serás otra… 
    ---Fui su amiga durante un tiempo, iba mucho a la casa. Llegué a tener cierta intimidad, confianza. La vi hacer cosas raras. 
    Me acuerdo que en ese momento la miré de reojo.
    ---Mientras te metías con su marido. Si Berta era una bruja no podía escapársele semejante traición.
     Ella no me miraba a la cara.
    Ya habíamos dejado atrás las últimas viviendas del área urbana y empezamos a caminar por un sendero de tierra que atravesaba una zona descampada con sauces y pastos altos.  Recordé que al perrito lo pusimos al pie de  un poste de iluminación a la altura de donde empezaba un grupo de árboles. De estos postes había varios a lo largo del sendero, que conectaba con la ruta, pero los postes estaban alejados entre sí.  Si no hubiera sido por la luna llena y la escasa luz de los postes, apenas podíamos vernos la cara. Después de tantos años volví a escuchar ese rumor que era una mezcla del sonido de los grillos y  de otros bichos de campo, a sentir el frescor que exhalaba la…
   ---Me dijo que es a la altura del poste que está ahí, el que tiene el cartel.
   ---Es cierto. Sigo pensado para qué es necesario que esté yo.
   ---Basta, Walter. Ya estamos. 
   ---No sé si era acá. Era más cerca de esos árboles.  Está todo igual. Si hubieran construido por acá estábamos en el horno.
   --- No, es acá.
     Amanda miraba alrededor y yo también porque me di cuenta de un detalle.
  ---Ah, ¿pero Con qué vamos a cavar?--, le dije--. El perrito ese no quedo muy profundo pero solo con las manos… Nos olvidamos completamente. No sé, tal vez si encontramos una rama seca...
     Lo que recuerdo es que miraba el suelo tratando de ubicar el punto exacto. Alguien que apareció por por detrás debe haber traído una pala pero no la usó para cavar.


    Cuando desperté, pensaba que estaba en una cama, tapado con sábanas. Sentía un dolor terrible en la cabeza, era punzante, como una herida que me latía. Quise llevar una mano a la fuente del dolor, que estaba cerca de la coronilla, pero no pude. En ese momento, recobré plenamente la conciencia y me di cuenta de que no estaba cubierto por sábanas y de que tampoco podía incorporarme; quería gritar pero tenía boca tapada con algo, una cinta ancha,  ¡Dios mío, me habían puesto en un ataúd como si me estuviesen velando! Quería incorporarme pero las cuerdas con las me habían maniatado apenas me permitían sacudirme. Unas mujeres se acercaron a mirarme. Reconocía a una de ellas: era la vieja con la que había charlado en en la oscuridad. No podía gritar pero me quejaba con tremendo escándalo.
    A los pies del cajón, otras dos mujeres que sostenían una vela cada una se acercaron para mirarme. Una era Amanda, y la otra… Berta. Después de todas las cosas que habían ocurrido esa noche, ya nada me sorprendía. Aunque mi sentido de la visión estaba ofuscado, cuando la miré bien a la cara por dos o tres segundos no me quedó duda alguna. Tantos  años habían pasado desde la última vez que la vi ahí en San José pero el aspecto de la madre de Delia casi no había cambiado. Esa expresión intimidante, perversa, acechante, de facciones rígidas, como cuando un gato furioso está por atacarte; el cabello estirado en un rodete a lo Hollywood. Solo parecía que se le había ido un poco la mano con el maquillaje, al igual que las otras viejas ahí. 
     
    ¿Acaso era otra pesadilla? Había escuchado sobre sueños lúcidos o sobre ese fenómeno que se conoce como parálisis del sueño. Pero todo era real, estaba luchando por escaparme en ese espantoso cajón en el que a duras penas me podía mover. Me contorsionaba como un epiléptico, sacudía la cabeza de un lado al otro. Sentía que los asquerosos tules que me cubrían me asfixiaban. El sudor humedecía mi cara como cuando salía a trotar.  Miré otra vez a esas dos (setía los ojos afiebrados), Berta y Amanda. Las otras viejas alrededor me contemplaban sonriendo como si asistieran a un cumpleaños y yo fuera la torta. Estaba bastante seguro que me llevaron de regreso al salón velatorio.
   ---¿Qué hora es? ---pregúntó Berta.
   ---Amanece en media hora. Ya van a venir los del sepelio.
    ---Prepárense. A él no le gusta esperar. ¡El tiempo se nos acaba!
    Apagaron la luz y el lugar quedó iluminado otra vez por las velas. Para entonces mis esfuerzos desesperados por zafarme me habían dejado exhausto. “A él no le gusta esperar” ¿de quién hablaba? ¿Acaso iba a aparecer también Enrique en ese lugar? ¿Y dónde estaba Delia? Seguramente ella también  era responsable de esa increíble situación por la que yo estaba pasando. “Ya van a venir los del sepelio”. ¿Acaso pretendían...? Un sudor frío comenzó a mojarme la cara. Nunca había  sido un hombre religioso, jamás había rezado, aparte de las veces en que me mandaban a misa, pero recordaba un par de oraciones. Las empecé a decir en mi cabeza con tal frenesí que las palabras me sonaban como una matraca. Las brujas hablaron otra vez. Berta pidió silencio y le cedió la palabra a Amanda, quien empezó un cántico monocorde  con esa voz de fumadora que tenía:

     …Por siempre seas alabado, oh gran príncipe de las tinieblas. Aquí estamos para cumplir con nuestra promesa hecha a su majestad….A ti, por tu gran poder, amo de las profundidades del mundo, sabio y mentor de tu real justicia y tu verdad, aquél a quien todos adoran sabiéndolo o no, tú eres él único que acude porque estás dispuesto a darle lo que la gente quiere sin hipocresías en esta vida…oh tú hermoso ángel que caminas sobre brasas, artífice de toda dádiva que el espíritu mortal de los hombres codicia… tú que también das y también pides… por eso estamos aquí… preséntate una vez más y recibe esta alma que pondremos en la boca de la tierra, para que se la trague y te sea presentado a tu servicio en el reino de la oscuridad... él será tuyo, como te prometimos... concédenos a cambio lo que te pedimos… oh, tu...

     En ese momento me volví a sacudir con violencia y a emitir alaridos que la cinta en mi boca ahogaba, pero era en vano, no podía librarme. Escuché que Amanda siguió cantando algo, pero ahora era en un idioma que no comprendía.  Berta la interrumpió protestando casi a los gritos.
      ---Ya debería haber vuelto. Algo salió mal. ¡Es por Delia, esa maldita! ¡Por eso él no quiere él no quiere presentarse otra vez! ¡Ya sé lo que está pasando! ¡Delia, Delía! 
     ---Entonces, pongamos la tapa para que se lo lleven a éste--, dijo Amanda, señalándome---. ¡Al menos algo le tenemos que ofrendar!
     ---Voy a llamar al administrador para que nos ayude, pero tapémosle la cara con los tules de la mortaja.    
     ---Yo le tapo la cara.
     ---- ¡Apurate!
      Una de las viejas se acercó mucho a mí con un cuchillo en la mano, y Amanda le gritó: ---¡No lo mates, ponerlo a dormir, tiene que enterrarse vivo!
       La vieja tomó los tules que me cubrían y me tapó la cara. Es todo lo que recuerdo.




       ---…ahí en esa foto. Estaba tachado con birome pero igual los números se distinguían. Se notaba que era un teléfono. Para dar con el número de la casa de ella, probé con varios, decifraba la tachadura. A todo esto ya había averiguado el código actual de San José. Llamé y me contestó una mujer que trabajaba limpiando la casa. Se sorprendió cuando le pregunté por el velorio de Berta. Me dijo que no sabía que ella había muerto. Pregunté por vos y por Delia y me respondió que no sabía nada de vos pero que Delia estaba impaciente por reencontrarse con alguien. Ahí pensé: Walter, guacho de mierda, así que te fuiste con el cuentito del velorio hasta allá, no querías que yo te acompañara. Claro, se debe estar viendo con esa Delia. ¡El muy zorro me las va a pagar! Y desde ya que te llamaba y te llamaba y nada. Entonces dejé a los chicos con mamá, y me fui directo a la estación. Estaba enfurecida.
       Cuando llegué eran como las once. Fui directo a tu antigua casa con la dirección que averigüé y me llevé un flor de susto con el  que salió y me invitó a pasar. No sé si viste el estado en que se encuentra tu casa. Ese tipo parecía un cadáver. Traté de contarle que te estaba buscando y que necesitaba ubicar por ahí un salón velatorio, el velorio de Berta. Pasaba algo raro en esa casa. No sé, sentía como que había gente pero no podía verla, sentía murmullos,  gemidos. Y de solo ver a ese hombre que no me contestaba, que hedía como carne en descomposición... Me quiso agarrar del brazo pero yo corrí para la puerta a los gritos pelados. Me golpeé fuerte la cabeza contra algo, una viga baja, o algo así, y quedé inconsciente. Desperté en una guardia que está en la calle principal de San José. Me dijeron que un chico me vio entrar a esa casa y le avisó a un policía que andaba cerca.  Te digo algo: todos saben es una casa abandonada, que nadie la quiere comprar porque dicen que está embrujada. Dicen también que es un aguantadero. Bueno, así con la frente emparchada dejé la guardia y seguí averiguando dónde estaba el velatorio, porque pasado el susto me volvieron las ganas de cagarte a palos.
    ---¿Cómo supiste que había ido a San José y no a otro lugar? Pude haberte inventado eso e irme a con Delia a otra parte.
   ---Porque te seguí. Vos me dejaste en la habitación y desde la ventana vi que te tomaste el colectivo que va a Constitución. No pasaron ni cinco minutos que agarré un taxi. En la estación me iba ocultando de vos en el andén. Vi que te subiste al tren que va a San José. Ojalá también me hubiera subido, te hubiera obligado a que me llevaras con vos. Estuve a punto de volver a casa tratando de convencerme de que no me habías mentido sobre el velorio. Igual lo de tus pesadillas frecuentes con Delia nunca me gustaron. Esperé el siguiente tren y me subí.
   ---Y después ¿qué pasó cuando saliste de la guardia?
  ---Bueno,  había pasado unas cuantas horas ahí y me escapé para seguir buscándote. Ya era de madrugada. Preguntaba por la casa de Delia aquí y allá. Hasta que di con la casa. Un par de personas me advirtió que en esa casa vivían brujas. Toqué la puerta y no salía nadie pero averigüé que la sala del velatorio estaba a un par de cuadras y me mandé directo. El administrador me dijo que él no te había visto volver ahí. Él iba a subir para asistir a la familia de la difunta. Subo con usted, le dije. La puerta de entrada a la sala estaba cerrada. Escuché que adentro gritaban, forcejeaban. ¡Dejanos, Delia, maldita, salí! gritaban unas mujeres ahi dentro. Golpeé y te llamaba ¡Walter! ¡Walter! El administrador abrió con su llave. Entramos. Al único que encontramos fue a vos maniatado dentro del cajón. Estabas inconsciente. La tapa del ataúd estaba tumbada en el medio de la sala. El candelabro ese y las flores, todo tirado por el piso. ¡Al que estaban velando era a vos, casi enloquezco, tanto como te debe haber pasado! Y después todo ese kilombo cuando llegó la policía, la gente que se amontonó...
 ---¿Y esas mujeres? ¿No viste a ninguna? 
 ---No había nadie. A lo mejor se escaparon por una ventana que había en el office. ¿Pero cómo habrán hecho? No hay forma de bajar desde allí, no hay escalera ni nada...
    Sandra me contaba eso y yo imaginé estar en ese momento mirando a través de esa ventana:  la noche despejada sobre San José y las siluetas de una banda de murciélagos pasando delande la luna llena.
 ---Te pido un favor, Walter: No me vuelvas a decir "mi brujita", si no querés que te pegue con el cepillo. Si es necesario voy a dormir con los ruleros.
    Sandra se abrazó a mí. Estábamos en cama. Tenía la televisión de la habitación prendida. Estaban por pasar otra vez en el noticiero una nueva versión del VELORIO DEL HORROR: ESTUVIERON VELANDO A UN HOMBRE VIVO Y SE PROPONIAN ENTERRARLO. No lo quise ver, apagué el aparato.

    Una mañana finalmente tomé valor para ir a ese rincón donde había encontrado a Ernesto. Los bultos de basura ya no estaban allí, tampoco había rastros de él. Vi a unos cirujas deambulando por ahí cerca. Les pregunté si conocían a Ernesto, dándoles la descripción. Nada. Jamás lo habían visto por esos lugares. Días más tarde volví un par de veces, en vano.
    Estuve tentado de ir a San José a buscar a Delia o a las otras pero me echaba atrás. Era mejor comenzar a olvidarlo todo. Sin embargo un día no pude aguantar más y llamé a su casa. Atendió una mujer que dijo ser la nueva dueña de la casa y que no sabía nada de la antigua propietaria. Le grité enfurecido por teléfono: “¡Delia, por qué me hiciste eso! ¡O usted... Berta, vieja de mierda...!
   La mujer me reputeó de arriba abajo y amenazó con denunciarme a la policía. No quiso escuchar los motivos por los que quería ubicar a aquellas dos y no le preocupó en absoluto las pericias que creí que estaba llevando  acabo la policía.


    Hay algo que aprendí después de todo esa extraña historia. No me convertí en alguien religioso pero aprendí que es necesario rezar. Hay una parte en la oración más conocida por todos. Ahora no digo las palabras solo por decirlas, como cuando de niño me ponían una penitencia. Ahora pido con fervor que sea librado del mal. Amén.
  

                  
    
     
      
    
   
    
    
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