domingo, 19 de mayo de 2019

agítese bien antes de usar




      ---No pensé que vendrías--, me dijo Delia. 
      La encontré preparando café para los asistentes, en un pequeño office que tenía el velatorio.  Cuando la chica que la ayudaba se fue llevando la bandeja con los pocillos quedamos a solas. Ella desvió el beso del pésame que le estaba dando en la mejilla a su boca. Le hice un gesto de que tuviésemos cuidado de que nos vieran pero un movimiento de fastidio de su mano me hizo entender que no le importaba. 
    ---¿Cuándo fue?-- le dije, con la intención de acercarme al cuerpo, que estaba al otro extremo de la sala pero Delia me retuvo del brazo para que no fuera.  En realidad no quería ver nada, en absoluto. Solo había asistido porque deseaba reencontrarme con  ella. Había logrado exorcizar las pesadillas que me provocaba esa mujer. Allí yacía ahora, incapaz de hacernos nada, ni a mí ni a su hija. Pero una fuerza extraña me tironeaba para soltarme de la mano de Delia y me obligaba a acercarme al ataúd para  mirar el cuerpo de Berta. 
    Y mis ojos se posaron en el óvalo de color terroso que asomaba entre los tules, que se movían un poco por los ventiladores.  Ese cuerpo parecía que aún se movía. Apenas pude reconocer a Berta: la nariz se veía como si estuviera erosionada y las fosas nasales estaban agrandadas. Pero la mueca de odio que le tensaba los labios y entrecortaba el aliento del que la contemplaba seguía ahí como siempre. Sentí como un pánico, como el impulso de huir corriendo de ahí antes de que las cavidades hundidas de esos ojos que ahora miraban hacía las profundidades negras de la nada de pronto se abrieran para clavarse en mí.
    Delia y yo abandonamos el velatorio y a los otros parientes tratando de que nadie lo advirtiera. Nos fuimos a su antigua casa, donde pasábamos el tiempo juntos cuando salíamos.  Me habló de cuánto había pensado en mí y me dijo sin rodeos que deseaba que la hiciera mía una vez más. Cada uno estaba casado pero esa noche tuvimos la oportunidad de reencontrarnos con el pasado. Por mucho que intenté recapturar las mismas sensaciones,  sin embargo,  ya no sentí lo mismo 

pero pensé que podrías asomarte a esto que es como una ventana. Es decir, interrumpamos eso. Tal vez esto sea más interesante. No sé. Si no lo es, bueno al menos podría dije ventana porque es una manera de no no no releas, esto es así, no hay errores de edición ni de revisión. Porque sí.  Si querés simplemente seguí leyendo. Porque cuando te acercás a una ventana para asomarte y mirar, no te ponés a razonar sobre para qué sirve una ventana. Te asomás o mirás a través y listo nunca se te ocurrió pensar que todo lo que creés y lo que forma parte de tus conocimientos, tus valores, tu identidad en buena parte no viene de tu mente, como toda persona predecible, lo único que se te puede atribuir es que elegiste de un menú, un menú que ya está programando, como cuando ponés Netflix,  para que sea apropiado por vos, para que digas “esto forma parte de mí, conforma mi identidad y por tanto es parte de mi vida”. Te tengo noticias, es pura basura, sí, todo eso que pensás que forma parte de la realidad, y los valores que le asignaste a cada una de esas cosas de da por resultado algo que no es más que pura basura. Basura. Basura. Ba-su-ra. Todo, realmente. Sí, sí, sé como usar la puntuación. Es solo que estoy cansado. Insisto, tus elecciones, preferencias, aquello que adoptaste, de lo que estoy seguro no son más que accesorios. Así como la ropa que te comprás, el auto que manejás, el celular al que estás pegado todo el tiempo. ¡El vocabulario que usás y que creés que es típico en vos! Me pregunto si algún día te vas a dar cuenta. “Este soy yo: un tipo muy seguro de sí mismo, que tiene un carácter acorde que me aseguro de emplear para crear cierta impresión a los demás sobre frente a quién están”. J aja j aja. ¡Vamos, por favor! ¿Por cuánto tiempo más vas a seguir con esa ridiculez soberana? ¡Como si pudieras predecir o dar por entendido/hecho el efecto que podés lograr sobre los demás! Te engañas miserablemente: no me cabe duda de que con las personas promedio podrá funcionar tu “aquí estoy yo”, pero hasta la persona de la que menos sospeches (porque vivís de las apariencias) se da cuenta de lejos que no sos más que un híbrido, un producto de la cultura multimedia, todas esas películas taquilleras, tan famosas, esas que te marcaron tanto. ¡De Hollywood, casi en su totalidad! ¿A eso llamás tener personalidad? Y encima (no me estás viendo pero me estoy cagando de la risa) estás convencido de que la tuya es avasallante. Y te pensás que no puede ser de otra manera. ¿Por qué? Porque confiás en la lectura de las reacciones de los demás alrededor. Es así como te engañás. Pero imagino que no se escapa a tu sentido común que ese “aldededor” consiste en relaciones circunstanciales, en entramados de intereses, reacciones frente a falsas apariencias, y lo que es interesante,  en gente que entra deliberadamente en el juego, sin que importe en qué consiste. Y si creés que otros no se dan cuenta de quién sos en realidad, de que estás actuando pésimamente un papel malo de una obra de teatro mediocre y llena de clichés que escribieron para vos, bueno que los disfrutes. Que lo disfrutes. Desde acá escucho tu mecanismo de defensa, está haciendo un ruido como una CPU cuando hay un problema        cada generación que viene es más perversa y más fácilmente adoctrinable. No sé si prestaron atención, en todos lados todos están enfrascados en las pantallas de sus teléfonos celulares, todos, todos. Hasta el chofer que maneja el colectivo un grupo de amigos en algún lugar tomando algo. No los vas a ver conversando entre ellos,  cada cual está mirando su celular. Los policías la calle el día que tengan que operar a alguno de ustedes obliguen a los cirujanos a dejar de romper las ¿estás ahí todavía? Muy bien, no te necesimanos. Andá a ver eso, andá a mirar cómo un grupo de inútiles y parásitos ganan millones haciendo algo tan estúpido cuando mucha gente se caga de hambre porque no encuentra un trabajo, y cuando lo encuentra ¡que insulto los dos mangos que cobran por supongo  cuenta de que esos una más allá y  una manera conveniente de relacionarte con los demás. No me critiques, dije que estoy cansado. Porque...pensá un poco, no te lo voy a decir. Ahora mismo, ahí en esa pantalla, ahí los veo. Vienen las publicidades que hay en ese mundillo, están para que hagas algo de eso que vos pensás que poseés. ¡Por Dios qué patético! Eso sumado a todas las preocupaciones la ironía o paradoja es que cuando más acceso tenés a la información, más fácil es que te engañen. Es algo difícil de manejar. Demasiada información. ¿Cómo discernir la fuente y la verdadera intencionalidad entre semejante tsumani de información? Me vas a decir que no te interpretar superficial. Usá esa inteligencia de la que te vanagloriás  si es que realmente la tenés. No todo lo que brilla es oro, y como dije más arriba, por tus palabras vas a ser juzgado y la boca habla de lo que abunda en el corazón.      control,                pero          desenlace, un final.                 inservibles-llena-vacíos, tal vez puedas siquiera. No, nunca ví esa película, me contaron de que se trata, la idea me parece buena, pero no, nunca la vi. Lo irónico es que cosas suelen presentarse pero para muchos es mejor (más conveniente) seguir con una actitud de inercia, por culpa de esa gran estupidez que se entiende como normalidad. No gastaría un átomo de energía para ser normal. Simplemente porque el mundo está lleno de normales. Bien, abrí bien los ojos y mirá bien a tu alrededor. Ya lo escuchaste antes. No necesito de mucha habilidad para parecer alguien normal, pero como la mierda no me gusta, que no extrañe que no me va a salir mal dijeron y como todo individuo del montón me reí. 

Y te pensás que no puede ser de otra manera. ¿Por qué? Porque confiás en la lectura de las reacciones de los demás alrededor. Así es como te engañás. Pero imagino que no se escapa a tu sentido común que ese “aldededor” consiste en relaciones circunstanciales, en entramados de intereses, reacciones frente a falsas apariencias, y lo que es interesante
 No, tengo que ser justo, no me reí, me llamó la atención como a la mayoría y me causó extrañeza. Dije me reí porque no niego que el rebaño te contagia te obliga a que vayas con ellos. Donde te apartás un poquito, ya se empiezan a poner nerviosos, estás amenazando el sentido de supervivencia que respiran. Qué tendrán de divertido esos memes,    Cuando la chica llevó la bandeja con pocillos, quedé a solas con Delia, ella desvió el beso del pésame que le estaba dando en la mejilla a su boca. Le hice un gesto de que tuviésemos cuidado de que nos vieran pero ella me respondió con otro gesto con un dejo de fastidio porque no le importaba. 
. Por eso cuando lo escuché por primera vez no me pareció descabellado, realmente. Control, control, control, si se te ocurrió pensar en los psicólogos o en los psiquiatras, ellos son los primeros igual que esos inservibles que siguen en esa pantalla, ubicuos, van a ser durante un cierto tiempo más, los necesitan para la obra que escribieron para vos. Lo que podrías hacer en todo caso es ver si al menos podés mejorar tu ción. No es tan malo como par ahí tenés a los verdaderos inútiles, despertá de una buena vez, mi patético tít

Más tarde, y estando solo en mi casa, soñé que pasaba la noche envuelto en unas mantas mugrientas acurrucado en un recoveco de una calle sucia en el  microcentro y que las ratas correteaban alrededor. Sentí que alguien acostado detrás de mí de pronto me rodeaba con sus brazos de vísceras crudas. “¡Por fin te encontré!” me susurró con una voz enojada. “¡Delia!”, le dije al darme vuelta.  La nariz se le cayó como si esa cara fuese de arcilla, y le quedaron dos hoyos espantosos en ese ovalo de color terroso. Y aquella boca que había besado tantas veces ahora no era sino un protuberante tajo que se retorcía en una sonrisa de morbosa satisfacción.




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miércoles, 27 de marzo de 2019

EL INTRUSO




        --Bueno, Pablo. Andá a dormir que ya es tarde,  si no mañana vas a parecer un zombi en el laburo.  
       --¿Vos decís que es estrés? No sé, Clau. Yo veo que todo el mundo está estresado…
        --Mirá, cuando me separé ese guacho, pasé un mes de mierda. No pude dormir bien por una semana. No me podía concentrar en nada…
        --¿Pero veías cosas raras en tu casa, como si alguien…?
        -- Y me puse peor cuando los vi juntos por la calle. Desde ese día dejé de tener apetito. Empecé verme como un palo.
        -- Bueno, a mí no me pasa nada de eso, por suerte. Pero estoy empezando a dormir con la luz prendida…
        --Ay, perdón. Bostezo porque no doy más. Y bueno, como te decía, con estas cosas los nervios… te empieza a pasar de todo. Y justo vos sos el tipo…
       -- Hace dos días escuché un ruido que venía de la cocina. Como si abrieran y cerraran las puertas de la alacena…
      --- Pablo, te voy a tener que dejar. Ahí escucho que se despertó el gordo y está llorando. Mirá, tranquilizate. La gente en general anda muy nerviosa. Agarrá un libro y leelo hasta que te duermas. O sí no, te recomiendo unos audiolibros muy buenos, están en Youtube… ¡Ya voy, ya voy! Te dejo, Pablito, después charlamos. Hacé lo que te digo. Besos, besos.

          Empecé a dejar encendida la luz del cuarto de baño a la hora de ir a dormir, para que al apagar la lámpara del velador la oscuridad no fuera total. Anoche me acomodé del lado acostumbrado y no tardé en quedarme dormido.  A eso de las tres me desperté y, por si acaso, levanté un poco la cabeza, y miré hacia el comedor  a través de la puerta entreabierta. La parte de la mesa y una de las sillas que son visibles desde la cama, a la luz débil que provenía del baño, parecían existir en la atmósfera de otra dimensión.  Haciendo un esfuerzo por explicarme mejor, diría que la mesa y la silla resplandecían por sí mismas con un halo fosforescente, muy pero muy tenue.
         Me parece que vino otra vez, me dije, y me volví a acomodar de costado para conciliar el sueño. Al instante quedé dormido. Hasta que un golpecito que sentí por los pies me hizo despertar. La vez pasada, cuando ocurrió lo mismo, lo atribuí a la estela de confusión que deja un sueño, pero ahora no lo podía relacionar con ninguno. 
    Antes girar la cabeza e incorporarme lentamente, me comprometí a aceptar la explicación que me dio Claudia: estoy bajo el efecto de una situación de estrés extraordinaria. Trabajo, estudios y problemas varios. La gente somatiza estas cosas de diferentes maneras.
        Durante un rato largo pasaron por mi mente una cantidad de pensamientos inconexos. Eran como el humo cuando se apaga una fogata. Y me volví a quedar dormido.

      “¡Pablo!”

       Pero no estaba seguro de si el susurro pertenecía a un sueño. Imposible que alguien se metiera en mi departamento. La puerta tiene cerraduras múltiples; por el balcón tampoco porque no está próximo a otros; vivo en un cuarto piso; sobre la calle no hay árboles que se puedan trepar. Me encogí como un feto y me tapé hasta la cabeza.
       Nada.
       Silencio.

       Cuando volví a levantar la  cabeza  después de varios minutos y miré hacia el comedor, debajo del borde del mantel distingui que asomaban la parte baja de las piernas y los pies de alguien que estaba sentado. Por el tipo de zapato era un hombre. Era lo único que podía ver a través de la puerta entreabierta de mi cuarto. Como pasaron varios segundos y esa persona seguía allí sentada como esperando que le sirvieran, algo así como una descarga eléctrica pasó por mi cuerpo. No era exactamente una descarga eléctrica sino un estremecimiento que me recorrió de pies a cabeza, acompañado por una especie de implosión que solamente mis células podían escuchar: un azul y chispeante rrsssss.
                     
       Me sepulte de nuevo con los cobertores y me quedé inmóvil y rezando hasta que me volví a quedar dormido. Cuando desperté y miré hacia el comedor, ahora estaba un poco más iluminado por la luz del amanecer que entraba por la ventana que da a la calle. No había nadie sentado a la mesa.
      Más tarde cuando me levanté para ir a trabajar, inspeccioné todos los espacios y rincones del departamento.  Me bañé con la cortina de la bañadera descorrida. El agua y la espuma caían por mi cara pero mantenía  los ojos mirando a través de la puerta abierta del baño hacia el comedor.   Puse la radio con volumen alto; los programas matinales suelen ponerse animados a pesar de las noticias. Cuando volví a mi cuarto para vestirme tuve miedo de agarrar los zapatos de debajo de la cama. Fui a la cocina, desenrosqué el palo de la escoba y volví al cuarto empuñándolo como un garrote. Me arrodillé no tan cerca de la cama para ver qué había debajo.
     Me puse los zapatos.  Me terminé de vestir. Cerré la puerta con llave y salí al pasillo.

     El ascensor pasó de largo hacia arriba. Mientras esperaba a que llegara, estuve en silencio con la vista fija en la puerta de mi departamento, que estaba a solo un par de metros de la puerta del ascensor. Estuve a punto de  asegurarme de que había cerrado bien pero el ascensor se detuvo frente a mí y entré. Ni bien comencé a descender escuché el ruido del palo de escoba que caía estrépito sobre el piso de cerámica de mi departamento, y el cuerpo otra vez me hizo rssssss.
          





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sábado, 16 de marzo de 2019

ANTOLOGÍA



Esta es la lista de títulos de "La Aldea de Cuatro Nombres" siguiendo un orden cronológico para las historias. La Introducción solo se refiere a la primera mitad de los títulos.  Los comentarios/presentaciones que quedaron afuera de la introducción se pueden encontrar usando el navegador que está a la derecha, arriba del contador de visitas, disponible solo en la versión página web  (non-mobile phone version).



Para leer haga CLICK (o toque) en los títulos:

























martes, 5 de marzo de 2019

ANDEN



Siempre que estoy parado en el andén del subte miro alrededor, a la gente que espera conmigo. Tengo el temor absurdo de que algún desquiciado de repente vaya a empujarme a las vías justo en el momento en que el tren está por pasar por donde estoy.  No sé cómo ni cuándo se originó ese miedo, no creo haber visto semejante cosa en una película, ¿o sí? En todo caso no fue una escena de alguna de mis muy pocas películas favoritas.

Ahora voy sentado en un vagón de la línea B, en uno de los que tienen la fila de asientos contra la pared. No puedo evitar sonreír por el momento ridículo que pasé hace unos instantes en el andén. Cuando giré disimuladamente para ver quién estaba esperando detrás de mí, me llamó la atención un tipo pelado que tenía tatuajes ¡en la cara! Sí, hoy en día todo el mundo se hace un tatuaje, pero ¿en la cara? No exagero: si bien era un Aryan type, tenía como unas guardas indígenas en las mejillas y en la frente. Los ojos celestes, grandes y penetrantes intimidaban. Mi mal disimulada inspección de un par (literales) de segundos fue terrible porque esos ojos se fijaron en mí con hostilidad. Y cuando vi que apareció la luz en la oscuridad del túnel me moví unos buenos veinte metros hacia el centro del andén, cerca de los molinetes. Desde ahí vi que el navajo amenazante se dio vuelta para llamar a un nenito que estaba sentando contra la pared con un vaso gigante con pochoclos en la mano.  No sé si es más raro un tipo grande que no tiene ningún hijo y que mira desconfiado a los que están a su alrededor.

Me consuela un poco pensar que no debo ser el único que tiene algún tipo de miedo extraño. Como decía, voy sonriendo, sentado en el medio del asiento largo y ¿qué creen? Justo enfrente, hay una hermosa veinteañera que va mirando al piso, resuelta a no mirarme por accidente. Si la mujer de Lot se hubiera comportado igual que esta chica jamás habría merecido el castigo de convertirse en una estatua de sal. Es entonces qye se ve cuan útiles pueden ser los celulares.  Ella no tiene. De pronto cuando levanta la cabeza,  mira hacia afuera de la ventanilla que tengo detrás. Pasea rápidamente la mirada, pero yo me siento como un agujero negro. ¡Tan solo voy sonriendo, no quiero llamar tu atención! Voy a dejar de hacerlo. No sé para qué.

Acabo de llegar a este otro andén, tengo que combinar con la línea H. No tengo a nadie alrededor. Ahora me imagino a mí mismo en la situación de un suicida. Imagino que veo al conductor que viene en la cabina de adelante cuando llega la formación. Estoy contando: uno …dos… ¡zas! El salto con el que acabo con una vida espantosa que llegó a un callejón sin salida. No tengo ganas de soportar un día más, estoy ansioso por terminar con todo. Pero falta algo: la famosa película veloz con el resumen de la vida de uno. Ahí la veo, se está proyectando en uno de los carteles de publicidad que hay en el medio de las dos vías. Veo al maquinista, con la cara deformada por el horror ante el suceso repentino del que siempre temió que fuera a pasarle.

El tren se detiene, se abren las puertas, gente entra y se apodera enseguida de los asientos libres. Yo, en cambio, abandono la combinación y subo la escalera hacia la calle sonriendo. 


domingo, 10 de febrero de 2019

UN UMBRAL EN EL "OFIS" DE COSME"

  
    La siguiente historia es otra sombra del mundo exterior a la Aldea; la primera fue "Bañadera", que armé a partir de una anécdota que me contaron donde trabajo. Posiblemente suba alguna que otra cosilla que quedó en el tintero de la Aldea, como la versión en español de (hacer click>) "THE FLAVOUR OF MEETING 2" que apareció dos mundiales atrás, aunque necesito rever la traducción inversa. Tengo archivos word con escenas que eliminé de "¿QUÉ VENDÉS?",  también la historia original que después mutó en (hacer click>) "LA ÑUSTA", más otras cosas con las que no sé qué voy a hacer para que no se pierdan. Y hay historias que ya no tienen nada que ver con La Aldea de Cuatro Nombres, que van a ir apareciendo por acá. (hacer click>) "UN 8 EN UNA MAÑANA DE DOMINGO" , la primer sombra del mundo exterior en esta página)
       Bien pude haber descartado la siguiente historia como otras cosas que escribí porque la verdad es que hay ciertas ideas que ya están por demás gastadas en cuentos, películas y demás. Pero tenía que cumplir con lo prometido a un compañero de clase para nuestro intercambio, así que la empecé y terminé de un tirón (como pasó con "Bañadera") confiando en que podría encontrar una vuelta de tuerca a un lugar común. No sé si lo logré. Como sea, esto es...


UN UMBRAL EN EL "OFIS" DE COSME

    Una selfy en el recreo. Macarena junta su cuerpo a los de sus compañeras y ponen sonrisas de Disney Channel cuando posan para una de las últimas fotos antes de que llegue el último día del ciclo secundario.  Cosme, el viejo maestranza, la observa desde su office. Nadie sabe de su tristeza: sobre el uniforme los del grupo usan un chalequito que dice "Egresados '17". Sabe que por dentro él  también es capaz de prodigar una sonrisa fresca, rebosante de vida.   La crueldad de todo es que Macarena intercepta por casualidad  la expresión del octogenario y ahora sus labios finos y rosados no pueden relajar una mueca de repulsión. En su uniforme de falda tableada Macarena siente un calor indebido. Sus compañeras quieren mostrarle unas fotos de sus celulares pero ella no puede prestarles atención, sus medias de color natural parecen pellizcarle las piernas con una especie de estática.
   Sin querer vio además algo muy extraño: hubo un alumbrón intermitente, como el de un relámpago en el interior del office del viejo, parecido a la luz que producen los trabajos de soldadura en las rejas del colegio.  Pero lo más extraño fue que, durante la intermitencia fugaz, la apariencia del viejo Cosme mutaba por completo y volvía a la normalidad, o uno creería que hubiese alguien más ahí dentro con él. A nadie más en el enjambre de almas lozanas en el patio parece haberle llamado la atención aquello, seguramente porque poco puede importar la vista de alguien que lo único que inspira es lástima.
    También las compañeras de Macarena están totalmente ajenas a estas visiones. “¡Ahí viene Brian!” dicen excitadas: el chico con el que quieren hablar acaba de salir al patio. Las chicas enseguida advierten que Brian se rapó mucho más todavía por debajo de la línea circular a la altura de las sienes; el jopo le quedó más largo y móvil, y unos piercing plateados arriba de las cejas  le potencian la mirada ganadora.
   Pero Macarena se separa de ellas y se acerca lentamente al office que está a varios metros, con la vista fija en el viejo Cosme. Mira también alrededor. ¿Habrá alguien más que haya quedado atrapado por la misma curiosidad? Ya está frente a él, de pie en el umbral del office. De la intriga y el desconcierto que experimenta, el olor producto de la incontinencia del viejo pasa inadvertido. Están frente a frente. Él está encorvado en su asiento junto a los escobillones; por detrás está la cocinita de dos hornallas ennegrecidas; hay trapos rejilla colgados de unos clavos sobre la pared y otros retorcidos junto a una pileta de mármol amarillento y resquebrajado.  El viejo tiene la sonrisa prácticamente desdentada y sus arrugas son tan apretadas y profundas que decir que da impresión es poco.

   Toca el timbre, todos empiezan a regresar a las aulas. Macarena se anima a preguntarle a Cosme si se encuentra bien, si pasa algo. El viejo balbucea unas palabras que no se entienden y le extiende  una mano magra y pecosa. Ella mira adentro de su office esperando encontrar algo que explique esas visiones. ¿Tendrán guardado allí algún reflector para el patio? ¿Habrá un ayudante de mantenimiento agachado, no sé, arreglando un toma corriente? ¿O es ella, que se no se estará sintiendo bien, como su mamá tal vez, que tiene que tomar cierta medicación?
   No hay nadie más en el office aparte del viejo, que le dice algo con voz desinflada y rasposa: “Entrá nena, quiero mostrarte algo”

   Macarena sabe que tiene que huir corriendo y avisar a las autoridades del colegio, pero algo, como una fuerza irresistible, le hace dar un paso hacia el interior del office, y el segundo en que cruza el umbral vuelve a ocurrir otro resplandor, esta vez enceguecedor, que lo envuelve todo por un segundo o dos, y cuando pasa,  Macarena en su sobresalto, retrocede, da media vuelta y ve que en el medio del patio apareció una pileta de natación enorme. El resto, sin embargo,  los corredores de las recovas, las ventanas de las aulas, el mástil de la bandera al otro extremo del patio --todo en el viejo edificio del colegio--, está prácticamente igual, excepto tal vez por el color de la pintura y por el hecho de que no están los edificios de departamentos  que asoman por sobre los tejados.

   ---Te pedí que te acercaras porque sabía que estaba por venir en cualquier momento esa luz rara que viste. Ya no quiero ser el único que lo sepa.

    Macarena se da vuelta para ver de quién es esa voz fresca que le acabó de hablar y ve un chico casi de la edad de ella.

 --No entiendo nada. ¿Quién sos? ¿Qué es lo que está pasando?

 ---Claro, no me debés reconocer. Yo soy Cosme--, le dijo él, desde el asiento en el office, vestido con el mismo tipo de overall azul oscuro que usa el viejo. Incapaz de hablar a causa de la confusión, Macarena no tuvo más que seguir escuchando. Cosme no sabe cómo proseguir. Finalmente:
  ---No lo vas a creer pero trabajo en este colegio desde que el casero me recogió de la calle y me trajo a vivir acá. (Ah claro, al casero nunca lo conociste). Le permitieron eso porque él trabajaba para Evita en este barrio, que si no, a mi  me mandan a un orfanato. Él ya murió pero a mí me dejaron seguir en el colegio, así que... qué suerte, ¿no?

   Macarena se lo queda mirando fijo. Aunque el chico parezca estar diciendo disparates ella siente que está hablando en serio. ¿Será un biznieto del viejo Cosme, acaso? El chico por las que se mueren sus compañeras, Brian, no se compara con él.

 ---Mirá, antes de que vuelva el resplandor, porque falta uno más, que es el último de los tres que pasan en un día cada siete años… Vos sos Macarena, ¿no? Es un nombre hermoso aunque raro, te diré. No conozco a ninguna chica que se llame así en este tiempo. No tengas miedo. Aprovechemos antes de que vuelva ese rayo, quiero mostrarte la pileta, pero tenemos que apurarnos que si no te quedás conmigo acá. Eso sí, mirá que no hay celulares, eh. Pero hay muchas cosas que son muy lindas; nunca lo entenderías. Lo que lamento es que un día la clausuran--, dice, señalando la pileta--. No puedo esperar a que llegue la época de la colonia. Ni sabías que existía ¿no? Nadie se acuerda. No tengas miedo. Pensarás que es un sueño… Yo también lo creía hasta que el casero me contó esta cosa increíble. Y me dijo que pasa lo mismo en un bar en la calle Mitre…
   Disimuladamente, Cosme despeina su cabello engominado hacia atrás. Y en una carrera de brincos se va a parar al borde de la pileta con las piernas separadas mirando hacia ella. Regresa y le sigue contando:
  ---Un día fui a hablar con el dueño de ese bar; me dijo que es cierto, que en  el sótano hay otro umbral. Ese hombre y yo decidimos mantener estas cosas en absoluto secreto. No sería bueno que otros se enteren. Además, nosotros ya no podríamos espiar más allá de este momento.

--No lo puedo creer. Me debo estar volviendo loca--, dice Macarena, al tiempo de que Cosme la toma de la mano. Inicia otro monólogo:

--Perdoname. El relámpago no tarda, no tengas miedo, vas a volver. Macarena, deseaba que vieras que no tengo olor a pis como dicen. ¡Me quieren mandar a un juntadero de viejos para que muera ahí!  Ya no te contemplaría en los recreos, nunca me visitarías. ¡Uh! ¿Viste que hubo como un chispazo ahí dentro? Tenemos que entrar. ¿Te puedo dar un beso antes de despedirnos? El resplandor mayor viene en cualquier momento, te va a devolver con tus compañeras, que parece que sin esos aparatitos no pueden vivir…

    Ella seguía atónita pero también embelesada por la sonrisa de Cosme, que se le acercó lentamente hasta que le dio un beso como nadie lo había hecho hasta entonces. Cuando abrió los ojos y lo miró a la cara; él le dijo:
 ---Es mejor que entremos ya mismo al ofis.
     Entraron tomados de la mano. En la pared estaba el mismo retrato del General Perón que veía al pasar, aunque ahora no lucía como una reliquia amarillenta.
   El resplandor vino como un flash y Macarena comenzó a sentir que de Cosme subía un tufillo desagradable. Lo miró a la cara y creyó enloquecer: la sonrisa desdentada apretaba la red de arrugas blandas de su cara.  Y  ella se fue corriendo al aula sin mirar atrás.

  No le contó a nadie lo que le había pasado. Pero al día siguiente decidió contárselo a una compañera de su división que también era su mejor amiga y confidente. Aquella la escuchó con desgano mientras con un dedo sobre la pantalla de su celular hacía pasar las fotos que se sacó con Brian en un boliche hacía poco tiempo.

 --Maca, estás un poco alterada porque terminan las clases, por las últimas pruebas y porque egresamos del cole para nunca más volver. Boluda, ¡empezamos una nueva vida! Dejate de joder con el viejo ese. Escuché que hoy a la mañana finalmente se lo llevaron.







Escrita junto a  
"Lúcido"  para Mr J. Morena junto a  en Diciembre, 2017




miércoles, 30 de enero de 2019

BAÑADERA



    A lo largo del sofá, con la espalda apoyada contra un almohadón, Martín permanece semi recostado, como en posición de hacer abdominales, los brazos detrás de la nuca, los ojos perdidos en la visión de una compañera de Matemáticas del CBC, que en la última clase le dio una señal incierta de que él le gusta (o al menos, eso quiere creer).  Hace rato ya que algunas hojas de sus apuntes se deslizaron de sus rodillas hacia la región de los genitales. Otras cayeron al piso y de seguro allí terminarán olvidadas junto a  la caótica pila de fotocopias de FUBA y el vaso de Coca Cola que volcó al arrojarse sobre el sofá. ¡Qué importa! Herminia, la mujer que limpia, estará por llegar.
  Romina, se llama esa compañera del CBC. “Le daría toda la noche”, comentó con un flaco con el que entró en confianza este cuatrimestre. Al parecer, este también está interesado en ella. Desde la ventanilla del colectivo los vio caminar juntos a la salida de clase; el flaco debe tener buen chamullo porque ella iba echando la cabeza atrás de las risas. ¿Ya se la habrá garchado?  Como sea, Martín no piensa quedarse atrás; el chamullo no será lo suyo pero confía en su facha, en su cuerpo de tres veces por semana de gimnasio. El otro flaco no tiene chances contra estas cartas.
   Suena el timbre de calle pero Martín no puede sustraerse de los mensajes del grupo de Whatsapp de Matemáticas en el que participa Romina. Nuestro estudiante disperso comprueba con desencanto que los otros reaccionaron a sus humoradas menos ella. “Bueno, puede ser porque cuando uno chatea a veces también está ocupado en otras cosas y va participando espaciado”, se dice.
  Vuelve a sonar el timbre. “¡Va!”, dice con fastidio mientras acomoda su erección: es que se estaba imaginando a Romina en una bañadera con jacuzzi leyendo los mismos apuntes de clase, con el celu al lado haciendo pim cada vez que alguien aporta algo en el grupo de Whatsapp. Martín imagina que sus pezones emergen de la espuma cuando ella se incorpora para alcanzar el celular; en la visión ella se pone de pie y gira lentamente para agarrar una toalla exponiendo la primorosa pera que forman la cintura, las caderas y la cola. Ve cómo la espuma se retira lentamente y su figura se hace más definida. Pero también en su imaginación ella se muerde el labio inferior en un gesto de desaprobación mientas se seca el pelo: es por algo que él puso en el grupo y no le causó la menor gracia. Es posible que los juegos de palabras de Martín con doble sentido no sean precisamente algo que sume respecto de sus aspiraciones para con ella. Pero...¿Y cuando el otro flaco escribe alguna boludez? ¡Ah! Enseguida ella pone un emoticón sonriente! ¡Tengo que cambiar de estrategia! se dice, ahora con el doble de fastidio.
   Suena otra vez el timbre, más largo e impaciente.
 --¡Ya voy (pero la puta madre)!--, grita, mientas se dirige descalzo a abrirle a Herminia.
  Cuando abre la puerta le dan ganas de matarse: esta vez Herminia no solo trajo al mismo hijo de la vez pasada, ahora vino otro más. ¡Ah no! No me pueden joder así; tengo un parcial pasado mañana y así no voy a poder estudiar, se dice mientras le clava una mirada inquisitiva a Herminia. Ella, acostumbrada a su carácter, no le da la menor importancia; tiene permiso de la dueña de casa para traer incluso a los otros tres que tiene si quiere.
   Martín decide recoger las fotocopias del piso y se retira a su habitación hecho una furia. Putea por lo bajo, está dispuesto a llamar a su mamá al trabajo (aunque ya debe estar por regresar) para quejarse por esta invasión paraguaya como suele decir él. El vaso volcado y el charco de Coca sobre el piso quedan tan olvidados como hecho de que a Herminia le adeudan los días que vino a limpiar en lo que va del mes, y  de que la excusa de que sus padres se acaban de divorciar no alcanza, puesto que ambos están por irse de viaje separadamente. El celular de Martín también quedó olvidado, no se escuchan los pim que emite debajo de un almohadón en el sofá en el que estuvo soñando despierto.
  Con un portazo se aísla del resto de la casa. Herminia tiene permiso de limpiar con música, y ahora con la bulla que seguramente van a meter los dos pendejos que trajo ¡es todo lo que estaba necesitando!
  Al ver el estado de catástrofe posnuclear en que se encuentra su cuarto recapacita y piensa que a lo mejor debería dejar que esta vez Herminia le dé una mano, él que siempre le tiene la entrada prohibida a todos, incluso a  su mamá. Pero, bueno, si no aprovecha ahora, a lo mejor Herminia ya no regresa más no sin antes echarles una maldición en guaraní.   Abre la puerta y sale para ir a hablar con ella. Ve a los pendejos bien sentados en el sofá en el que estuvo hace unos momentos, viendo Nickelodeon. Pero el que vino por primera vez no está prestando atención a la tele, está jugando con el celular de Martín.
  --¡Qué hacés, dame eso acá!--, le dice al que se llama Milcíades, tal como lo llamó Albino, el que ya conoce. Este último le estaba diciendo con el ritmo sincopado de los paraguayos: Milcíades, dejá, po’ el celu-lá. E’ del pend-ejo e’ mierda
   --¡No se tocan las cosas ajenas!--, lo reta Martin, reprimiendo un insulto xenófobo cuando le arrebata su celu.  Y cuando mira la pantalla los ojos se le ponen como huevos porque hubo bastante actividad en el grupo de Matemáticas.  Y enseguida un ¡no! implosiona en su garganta cuando encuentra que hay un mensaje en el contacto individual de Romina. ¡Por fin se dignó a mandarme algo! piensa. Todas las cosas que me dice en el Whatsapp las pone en el grupo. Pero… ¿qué carajo es esto si todavía yo no le respondí?  Martín lee y se quiere desbautizar:

 ROMINA: Martin, te esperé la última clase a la salida para darte un cuaderno que olvidaste en el aula pero no salías nunca. Si lo necesitás urgente por el parcial nos vemos y te lo doy. Besos.

MARTIN: [MEDIA PANTALLA LLENA DE EMOTICONES Y DIBUJOS DE TODO TIPO] y  también: “AÑAMENBÚ”  “TUIU  IÚ  JÚ  JERA WEY PIRÚ

  --¡Che! ¡Por qué carajo me tocan el celular, las cosas ajenas no se tocan!--- estalla Martín simultáneamente con un zapucay de una festiva canción del país hermano con volumen alto, pero los chicos por toda reacción se ríen de las desventuras del gato Tom, ignorando al dueño de casa.
   ¿Y qué son esas palabras que pusieron? se pregunta Martín, una mueca que es una mezcla de pánico y desconcierto en su cara. Abandonando los nenes, marcha indignado buscando a Herminia por la casa. La encuentra en el baño que está junto a la habitación de su mamá. La ve de espalda agachada refregando la bañadera; la falda le queda subida, revelando la parte trasera de sus muslos y la concavidad extrañamente sugestiva del reverso de las rodillas. Sin querer se le cruza por la mente la fantasía que tuvo con Romina hace unos minutos, e inesperadamente encuentra que la pera de la tentación se insinúa también en Herminia, salvando las distancias, claro; y recuerda un comentario que le escuchó decir una vez a su papá  a otra persona estando al teléfono: “La paraguaya está todavía para un par de rounds”.
   Herminia siente su presencia a sus espaldas y se da vuelta para verlo. Con la levantada en peso que ya tiene preparada, Martín le pregunta:
   --¿Qué significan estas palabras que hay acá?--, y le muestra la pantalla del Whatsapp con lo que encontró en el contacto de Romina.
   --A ver… ¡Ja ja ja! ¿Y quién le-ense-ñó-eso, po’? E’ -algo feo que se le pue-de decir a- alguien…-- le contesta Herminia, secándose la transpiración de la frente con una mano enguantada.
    La acusación contra sus hijos está por estallar pero el sonido de la voz de su madre lo interrumpe; llegó y está llamado a Herminia desde la sala. A ella se dirige Martín no dispuesto a ahorrar una discusión. Pero también escucha un pim que indica la reacción de Romina en el Whatsapp y que consiste en varios signos de interrogación. Es la primera vez que una simple sucesión de signos le producen una especie de bochorno. Tiene que subsanar el daño en la comunicación y responder urgente a la propuesta que hizo ella para el encuentro. Martín camina lentamente a su cuarto, la vista fija en la pantalla de su celu, concentrado en lo que le va a responder. Y parece le llevó el tiempo suficiente como para lo que encuentra al alzar la vista: su mamá, desobedeciendo sus órdenes expresas, está dentro de su cuarto con Herminia y los dos nenes confianzudos. Entra él también lívido de la rabia:
  --¡Mamá!
  --¡Cállate, y dejame que logre que este cuarto se limpie alguna vez! Herminia, agarrá primero esa pila de ropa sucia, despejá todo este chiquero y después limpia todo. Lo único que sabe este atorrante es pegarse todo el tiempo a esa computadora y…
  --Sí, señora, por-que ió le di-je-al Martín que…
  --¡Está bien, pero primero dejen que separe lo que tengo que usar porque tengo que salir enseguida! Déjenme solo, ahora les aviso.
  --¡No, Martín! No tenemos todo el día, hay mucho para hacer!—todos se sobresaltan por la respuesta su Mamá--. Vos preparate mientras Herminia ya va ordenando.
    Pero los ojos de Martín casi se le desorbitan: detrás de su mamá y de Herminia, los pendejos activaron la pantalla de su computadora que se encontraba oscurecida, y ve que el video porno que estaba viendo un par de horas atras vuelve a empezar, solo que por suerte, está en la parte introductoria a una orgía feroz. Trata de manejar la situación con frialdad, calcula rápido y pone en práctica la acción que lo va a hacer zafar del momento: llama la atención de ambas sobre una cuestión con su placard al que señala con un dedo que apunta tembloroso en la dirección opuesta a las obscenidades en su PC. Mientras ellas miran a donde él quiere, Martín se mueve disimuladamente caminando hacia atrás, bloqueando con su cuerpo la vista de la orgía propiamente dicha que está por comenzar. Y con un toque preciso en el marco de la pantalla logra apagarla.  Inmediatamente toma a los dos nenes de las manos y quiere llevarlos  nuevamente al sofá frente a la tele. Pero Milcíades se resiste a dejar el cuarto, es como si se hubiera dado cuenta de lo que estaba pasando en la pantalla, ahora oscura.
  --Chicos, ustedes vayan que debe estar dando los Simpson. ¡Vayan!
   Zafó al parecer.  Albino, que maneja el control mejor que todos ahí ya está buscando el canal en la tele donde pasan los Simpson y la  mamá de Martín fue a contestar el teléfono. Herminia, mientras tanto, está tratando de entender cómo debe proceder con la “organización” del placard  de Martín (¿Cómo-  po’ -taba –queriendo- èt-e que le-hàga -aquí?)
   Luego de estirar una bermuda y una remera ajustada que le marca el torso, Martín deja trabajando a Herminia en su cuarto, no sin insistirle que NO TOQUE NADA y que los chicos no entren otra vez. Entra al baño, ahora refulgente de la reciente limpieza y abre la ducha. En el espejo que hay en la puerta contempla satisfecho su cuerpo trabajado por rutinas regulares y sonríe anticipando la efectividad del golpe maestro que piensa dar para conquistar a Romina cuando se encuentren para que le devuelva los apuntes. Cuando le vea los pectorales y los brazos del Hombre Araña que cultivó seguramente va a aceptar alguna invitación; la podría traer acá a su cuarto; Herminia lo va dejar a punto enseguida. Romina no se negaría a explicarle los ejercicios que les van a tomar en el parcial. Luego alguna expresión de agradecimiento casi susurrada al oído (Hmm ¿quedó enjuague bucal?), algún roce accidental  y…   Uno nunca sabe, debería tener puesto el bóxer nuevo que se compró…
   Sale de la ducha desnudo, con la toalla a la cintura, y vuelve a su cuarto por el bóxer. Y… ¡Otra vez no! Los pendejos volvieron a entrar y están tocándole la PC. ¿Cómo descubrieron la forma de activar la pantalla de la PC? Debe ser ese que se llama Milcíades, parece que la tiene reclara con estas cosas. Por suerte Herminia no está, debe estar cargando el lavarropas con sus prendas. Los ojos de Martin se vuelven a desorbitar: el mismo video porno ahora está bien avanzado: hombres y mujeres enmarañados en una orgía infernal como nunca había visto antes. Es extraño pero el hecho de que esos dos chicos estén viendo eso hace que Martín perciba lo malo de ese tipo de cosas; le hace sentir una terrible vergüenza y un sentimiento de  espantosa culpa. Se abalanza hacia la PC y desactiva nuevamente la pantalla mientras trata de retarlos con prudencia. Casi se le cae la toalla y queda tan desnudo como esos hombres y mujeres que los niños miraban fascinados. Martín siente que Herminia está por volver al cuarto. Ya entró devuelta con una escoba y una pala. Peter Parker casi desnudo forcejea con Albino por controlar el mouse de la PC y con Milcíades para que no vuelva a tocar la lucecita en el marco la pantalla para que no se active. Ante la insistencia de ellos, les dice contenido, tratando de minimizar el incidente:
   ---No toquen lo que no es de ustedes.
    --Queremos seguir viendo eso.
    ---Son cosas que yo estudio para la facultad. No es para chicos--. Martín pone el tono y la actitud de un joven sabio. Asume que Herminia se lo va a creer. ¿Qué puede saber de estos videos porno?—. Dejen, dejen. Esto no es para chicos.
  --- No, e-tá bueno, e-tá bueno--, dice Milcíades; parece hechizado por lo que vio. Martín procura disuadirlos luchando por no perder la calma:
 --- No es para ustedes. Es una película donde hay gente mala. Vayan a ver los dibujitos. La gente que se ve acá es mala. Hacen cosas malas, no es para chicos—
      En ese momento, Herminia, curiosa, los mira por sobre un hombro. Martín presiona ahora algo desesperado:-- Dejen, vayan afuera.
--- ¡Querè-mo’ ver un poco má !
 --- ¡No!  Dije que trata de gente mala, es algo violento, ¡se lastiman, se matan…!
     Milcíades dice con voz inocente:
 --- ¡Ah, y se muerden el pito…!

  



miércoles, 20 de junio de 2018

"UNA SEGUNDA OBRA EN CHARRÚA" (título provisorio, ¡en español!)

     Subo la versión en español del título de la entrada anterior (click acá para verla). Se trata del principio de una obra que comencé en inglés y  que luego abandoné. Hay  otra entrada con una historia también en  inglés que se llama (click) "The Flavour of Meeting 2" con la que espero hacer lo mismo pronto. Estos últimos títulos son apéndices de esta colección que quedó cerrada en 2015.
    El motivo por el cual subí historias en inglés es porque internet da la posibilidad de llegar lectores de distintos lugares del mundo.



                                                            


             UNA SEGUNDA OBRA EN CHARRÚA (Título provisorio)


Personajes:
Doña Maura

Sus hijos: Pablo, Agustín y Erika


Damián (amigo de Agustín)

Lautaro (novio de Erika)


Doña Sabina (una vecina)


El padre Horacio


Mirta (hermana de doña Maura)

Tiempo de la acción: fines de los '80
                          




                           PRIMER ACTO
                          
Escena-1                                       

(Descripción del escenario)
La sala principal de una casa en el barrio conocido como Charrúa. Sin pared de separación, casi la mitad de este espacio a la izquierda  sirve como living con dos sillones y un sofá. En este lado se encuentra la puerta que conduce a la calle. A la derecha hay un comedor donde hay una mesa con sillas. En este lado se encuentra la entrada a la cocina, que el público no puede ver. Sobre la pared del lado del living hay un cuadro antiguo de un matrimonio, de esos en que las personas están retratadas solo desde la cabeza hasta el pecho (Doña Maura y su difunto marido). Al lado de éste, como decoración, cuelga un conjunto de sikus pequeños y adornos con motivos regionales andinos; y en el medio de ambos espacios cuelga también de la pared una imagen majestuosa  de la Virgen María, con un cetro en la mano y que fija su mirada piadosa en quien la contempla.  Aunque amoblado y decorado con modestia, el espacio todo se percibe acogedor y familiar.


[DOÑA CARMEN, que tiene puesto un delantal de cocina, está poniendo la mesa con tranquilidad, como si lo disfrutara. Está tarareando suavemente una melodía. Se oye el sonido difuso de una conversación que viene de afuera. DOÑA CARMEN mira un par de veces cada tanto en dirección a la puerta de calle (que el público no ve porque está afuera) como tratando de entender de qué se está hablando. Por fin, se escucha que se cierra la puerta de calle y a continuación el sonido de que se abre la puerta de entrada a este espacio]

        [entra PABLO. Lleva una bolsa (o puede ser un sobre de papel grande) tratando de que pase inadvertida]

DOÑA CARMEN: [sin mirar a su hijo] ¿Quién era?

PABLO:  Un vendedor  ambulante, como siempre [mantiene la bolsa detrás de su espalda]. Uh, ma. ¿No te dijimos que hoy no cocines? ¡Y tan temprano!  Se supone que íbamos a traer comida de la rotisería para que descanses el fin de semana.

DOÑA CARMEN: [Mira rápidamente a su hijo antes de salir a la cocina y desde ahí se la escucha hablar]. Solo vos dijiste eso; tus hermanos, nada que ver. Pero como viene a comer un compañero de clase de Erika, pensé que ella querría invitarlo a almorzar.

 PABLO: Qué raro, ella nunca invita a nadie a almorzar. ¿Estás segura de que es solo un compañero de clase?

DOÑA CARMEN: [regresa  al comedor] Es lo que me dijo. ¿Qué llevás ahí?
PABLO: [sintiéndose incómodo] ¿Eh? Ah, son… revistas.

DOÑA CARMEN: ¿Así que vendedores ambulantes, no?

PABLO: [un poco nervioso, levanta un plato y lo inspecciona sin motivo aparente] Sí, se puede decir. Ah, ¿y qué hay de comer?

DOÑA CARMEN: No me cambies el tema. Cuando volvía de la verdulería, vi que esos predicadores evangelistas estaban repartiendo puerta a puerta sus revistas estúpidas.

PABLO: [avergonzado] Está bien ma, nada se escapa de tu control.

DOÑA CARMEN: Vos decís que es control pero no me importa. Como limpiás tu cuarto  cada muerte de obispo, encontré una toda colección de esas revistas al costado de la cama. Te dije más de una vez que no me gusta que te metas con los evangelistas.

PABLO: Uh, ma, ya hablamos de eso. Yo no me considero más católico. ¿Tenemos que volver sobre lo mismo?

DOÑA CARMEN: No, Pablo, por  favor, no me vuelvas con todas esas ideas que te pusieron en la cabeza. No quiero que mis hijos tengan algo que ver con esas tonterías de religiones extrañas. Especialmente de esas que andan repartiendo esas revistas que te encontré. Quiero que las tires a la basura como hice con las otras. Enseguida.

PABLO: [con expresión de indignación] ¡Con razón no las encuentro por ninguna parte!
DOÑA CARMEN: Y con el desorden no me sorprende. En vez de decirme que descanse los fines de semana, dejá de perder tu tiempo con lo que te dan esos “vendedores ambulantes” y sé más ordenado.

PABLO: [sacando una revista del sobre que llevaba oculto] Mamá, mirá: es  Jesús, ¿ves? Acá hay enseñanzas de él. ¿Cómo es posible que sea basura?

DOÑA CARMEN: Nunca se me había ocurrido pero creo la vieja Sabina tiene que ver con esto. El otro día estaba acá charlando conmigo y de repente, al ver el cuadro de la Virgencita, dijo [imitando la forma de hablar de doña Sabina]: “Doña Carmen, no debe tener ese tipo de cuadros en su casa. Es idolatría. Dios odia eso.” Me quedé mirándola fijo sin saber que qué responder y pensé mejor no discutir. La pobre vieja no sabe de nada a parte de lo que lee en la Biblia.

PABLO: Lo que querés decir es que es una pobre vieja ignorante, ¿no?

DOÑA CARMEN: Ya te dije cómo esos cultos evangelistas atrapan a gente con poca o ninguna educación.

PABLO: Ma, vos misma apenas pisaste una escuela...

DOÑA CARMEN: [Queda callada por un instante breve; la situación la deja incómoda. Por fin:]  Ay, Dejame en paz, Pablo, tengo que terminar con esto.
                   
                    [ entra AGUSTIN por la derecha (viene de la calle)]

AGUSTIN: ¿Ya comemos? No aguanto un minuto más. ¡Qué olorcito viene de la cocina! ¡Eh, qué caras!¿Qué anda pasando? Ah, a ver si adivino: [con ironía] es mi hermano que pretende alejarse de la Santa Iglesia, y la profunda preocupación de nuestra madre, que está a punto de lanzar su cruzada.

PABLO: Ya ves cómo él siempre se burla de la Iglesia y a vos no te importa.

DOÑA CARMEN: Por favor, no hagan que me enoje.

AGUSTIN:  [dice a PABLO]  Espero que no te moleste que haya tomado una de tus revistas para aplicar Análisis del Discurso en la facu. Te las devuelvo ni bien termine.

PABLO: Siempre el mismo idiota académico.                              
                         [PABLO se retira molesto por la izquierda. Se escucha el portazo de la puerta de calle]

AGUSTIN [sonriendo con suficiencia]: El otro día después de que discutimos sobre religión, se dio cuenta que no podía conmigo, pero terminó diciendo que prefería [remeda a su hermano] no echar las perlas a los cerdos.

DOÑA CARMEN: Creo que cuanto más saquemos el tema, él más se va a embrollar con eso. No lo molestes más, Agustín, por favor.

AGUSTIN:  ¿Molestarlo yo? ¡Él trató de convertirme! [no puede evitar una risita de picardía ]

DOÑA CARMEN: Voy a pedirle al padre Horacio se dé una vuelta un día. A ver si le saca esas ideas evangelistas de la cabeza.

AGUSTIN: ¡El padre Horacio! Pensar que una vez me felicitó por ser el mejor de Catecismo. ¡Ahora me mandaría al purgatorio! [su madre lo mira sorprendida pero él se apresura en agregar:]. No hace falta que te preocupes. A su edad, Pablo ya va a empezar a salir con una chica en cualquier momento. Va a estar más interesado en acostarse que en….
DOÑA CARMEN: [lo mira escandalizada]  ¡Callate, Agustín!  Ahí vuelve.
                        [entra ERIKA por la izquierda, lleva un bolso colgado del hombro]
ERIKA:  Hola. Me muero de hambre. Salí tan apurada esta mañana que ni siquiera desayuné.
DOÑA CARMEN:  En un ratito comemos. Andá a cambiarte.

AGUSTIN:  ¿Ese rubio carilindo con el que te vi a los besitos no te paga ni  siquiera un café?

ERIKA: Callate, tarado.

DOÑA CARMEN: ¿No viene a comer? Pensé que venía con vos.

ERIKA: En realidad viene más tarde. Vamos a estudiar juntos acá. Sabés, siempre vamos a estudiar a su casa, y él prepara cualquier cosa para invitarme.

[AGUSTIN emite un mmm con suspicacia cuando ella dice “a su casa”]

ERIKA: Mamá ya lo conoce, mal pensado.

AGUSTIN:  Ja! Seguro que cocina y cose mejor que una mujer.

ERIKA: [no puede evitar su reacción inmediata] Y precisamente vos vas a hacer chistes machistas… [hace un gesto de que se le fue la mano con la respuesta]  

AGUSTIN: Para nada, querida. [toma un pan de la mesa y se lo lleva a la boca como para disimular su incomodidad.]

DOÑA CARMEN: Basta, ustedes dos. No parecen hermanos. Los tres. [De pronto mira hacia la derecha, a la cocina]  ¡La carne! [sale rápidamente hacia cocina].

ERIKA: [simula buscar algo sin poder encontrarlo dentro de su bolso para no mirar a su hermano] Los vimos pasar en auto cuando estábamos en la parada del colectivo.

AGUSTIN: Besándose con locura.

ERIKA: [retruca ]  ¿Hablás de ustedes dos? [pausa] En todo caso, nosotros somos una pareja…[vacila y decide no decir la palabra sigue a “pareja”] Y sólo nos estábamos besando.

AGUSTIN: ¡Vamos, Erika! ¿Me vas a sermonear como hace Pablo? Vos y yo vamos a la universidad; se supone que estamos más allá de la religión y las normas morales obsoletas.
ERIKA: Me encanta el vocabulario que usás cuando se trata de tus cosas. ¿Ya sabe Pablo?

AGUSTIN: ¿Sabe qué?

ERIKA: De tu… ¿novio?

AGUSTIN:  [resuelto a hablar abiertamente] Novio, no,  no me gusta decirlo así. Estamos saliendo, nada más. Y Pablo no sabe respetar la privacidad de los demás. El otro día, entró a mi cuarto de golpe y nos enganchó justo. Bueno, te dije que estamos saliendo.

ERIKA: ¡Los engancho justo! No creo que quiera saber los detalles. Así que tu...¿ya estuvo acá? [afligida] Por favor, Agustín, ¡si mama te llega a enganchar! Tené cuidado, por favor.

AGUSTIN: Ah sí, y lo mismo tendría que decirles a vos y a tu rubiecito,  la manera en que se besaban en la parada! Además, ¿sólo vos tenés derecho a invitarlo y yo no?

ERIKA: Agustín, soy tu hermana. Mirá, odiaría verte sufrir.  Pero no esperes que mamá entienda estas cosas.

AGUSTIN: Bueno, va a ser mejor que un día entienda. ¡Bienvenidos a la realidad y al tiempo presente, todos ustedes!                                 
                                  [entra PABLO mirando fijo a AGUSTIN]

PABLO: Tu amigo está a la puerta. Te quiere ver. No creo que la hora del almuerzo sea el mejor momento para… [mira a ERIKA y se queda callado]

ERIKA:  Ya lo sé todo, no te preocupes.

AGUSTIN: [imitando una manera de hablar piadosa] Por supuesto que no cometería semejante pecado; mi hora no ha llegado aún. [sale hacia la puerta de calle].

PABLO: [dice gesticulando y exasperado] ¿Qué le pasó a este? ¿No es algo que le pasa a los adolescentes? ¡Ya va para los 22!

ERIKA: Es nuestro hermano.

PABLO: Sí, creo que ya estoy enterado. [hay una pausa durante la cual mira en dirección a la cocina]. ¿Cómo es que le pasó esto? Simplemente no lo puedo entender. Dios mío si mama se entera.

DOÑA CARMEN: [entra trayendo una bandeja de la que sale vapor] ¿De qué me tengo que enterar? [PABLO tiene un pequeño sobresalto y se queda mudo; al poner la bandeja sobre la mesa, la madre mira a los dos].

ERIKA: Hmm ¡Qué aroma tiene esto! [Pablo se ve incómodo, su madre lo percibe y la sonrisa que tiene decae]

DOÑA CARMEN: Bueno, ¿ya se lavaron las manos? Sentémonos a comer. ¿Dónde está Agustin?

PABLO: [con un ligero tartamudeo] Vo, vo voy a buscarlo. [se retira hacia la puerta de calle]
DOÑA CARMEN: Últimamenete todos ustedes están muy raros. Por favor, dejen de pelear, al menos a la hora de la comida. [mira fijo a su hija, quien parece no haber escuchado, está pendiente de lo que pasa en la puerta de calle con cara de preocupación].
                                  
                                  [Entran AGUSTIN y PABLO, están riñendo entre dientes en voz queda (siseando). Pablo viene sujetando a su hermano del brazo, pero cuando están frente a su madre lo suelta]

AGUSTÌN: Ma, como el compañero de Erika no viene a comer, ¿no te molesta que yo invite a un compañero de la facu? Está acá afuera en la puerta.

PABLO: ¡No, Agustín!

DOÑA CARMEN: ¿Qué te pasa, Pablo? Claro que sí, decile que pase.

AGUSTÌN: Gracias, ma! [a su hermano:] ¿Qué le pasa a tu caridad cristiana? [mira desafiante a su hermano y sale a buscar a su amigo].

DOÑA CARMEN: Che, me están poniendo nerviosa. ¡Basta de pelear, por el amor de Dios! Y me parece que tu hermano tiene razón, Pablo.
[sin que su madre lo note, ERIKA hace un gesto a Pablo para que no diga nada y  se calme; él consiente con un gesto también inadvertido. Todos se sientan a la mesa].                      
                 [entran AGUSTIN y su amigo DAMIAN. El primero le está hablando de que ya empiezan a comer. El amigo se ve mayor que él. Viste a la moda y tiene un arito en la oreja derecha; parece alguien de buena posición económica ]

AGUSTÌN: Él es Damián, compañero de clase y también amigo. [DAMIAN saluda a todos con un beso. La respuesta de PABLO es algo fría, se nota que  no es la primera vez que se ven]

DOÑA CARMEN: Damián, estás en tu casa, sentate.

AGUSTÌN: Acá, al lado mío.

DAMIAN: Gracias.

DOÑA CARMEN: [pasando los platos que va sirviendo] Es un lindo día para quedarse en casa ¿no? Los días fríos como estos generalmente hago sopa, aunque hoy no. Igual, a ellos no les gusta mucho.
[sorprende un poco a todos que el tono de voz de DAMIÁN no armonice con su apariencia física ni con la edad que parece tener; de hecho habla con cierta afectación, gesticula bastante con la mano]

DAMIAN: En cuanto a mí, la verdad es que yo como todo lo que me ponen delante.

DOÑA CARMEN: [sonriendo a su invitado] Qué bueno que seas así. Ojalá ellos fueran como vos. ¿Dónde vivís, Damián?

DAMIAN: En Belgrano.

ERIKA: Ah, es bastante lejos.

DAMIAN: No, la verdad que no tanto. Estoy en auto.

ERIKA: Sí, ya sé. [tiene un gesto inmediato de que la observación se le escapó. Cuando la madre le pasa el plato a PABLO, DAMIAN da una Mirada rápida a AGUSTIN. ERIKA trata de cambiar el tema de conversación]

ERIKA: Deben tener un montón para estudiar ustedes dos ¿no? Estamos terminando el cuatrimestre.

DAMIAN: [revolviendo un poco los ojos] ¡Ay, no sabés cuánto! Pero a los dos nos está yendo bien. ¡Qué equipo el nuestro! ¿No, Agus?

AGUSTIN: [no contesta nada; mira su plato con una sonrisa de timidez].

DOÑA CARMEN: [mirando a  Pablo, le pregunta por lo bajo] ¿Y esa cara, vos?
[PABLO mira a su hermano con una cara que dice mucho. AGUSTIN le devuelve una mirada desafiante]

AGUSTIN: Sí, Pablo. ¿Qué onda esa cara?

PABLO: [ahora él mira su plato, se nota su incomodidad, tiene pensamientos conflictivos. De pronto:]  Discúlpenme, por favor, pero no tengo hambre.

AGUSTIN: [le dice a su hermano en voz baja] Lo que vas a hacer, hacelo pronto.

                        [Pablo se levanta y se retira en silencio hacia la puerta de calle]

DOÑA CARMEN: [con una mirada rápida que pide disculpas al invitado]  Pablo!
                                 [DAMIAN lanza una mirada rápida a AGUSTIN]

ERIKA: Ma, dejémoslo tranquilo. Últimamente está…[no sabe como terminar]

AGUSTIN: Mi hermano está bajo los efectos de la religión, por así decirlo. Sí, dejémoslo tranquilo por un rato. Él no se queda mucho tiempo con hambre. [le hace un gesto a DOÑA CARMEN, que se levantó preocupada, para que se vuela a sentar] No te preocupes, ma.

DAMIAN: [habla como si no pasara nada, mientras corta un pedazo de carne y se lo lleva a la boca] Lamento si no le parezco alguien bueno para Damián.

[DOÑA CARMEN queda un poco perpleja. ERIKA intenta decir algo pero parece no dar con algo apropiado para la situación]

AGUSTIN: Por favor, mama, no te preocupes. Más tarde te explico. Disfrutemos lo que preparaste, está buenísimo.
                                  [de pronto Pablo regresa y vuelve a su silla]

PABLO: Estoy bien, disculpen. [sonríe, pero se nota que de todas maneras está pasando algo raro] En serio, tuve que ir volando al baño. Sigamos comiendo. Lo único que no hay que explicar nada a nadie, Agustín.
                       
                            [AGUSTIN y DAMIAN intercambian miradas de extrañeza. DOÑA CARMEN sigue con una expresión de perplejidad. Por un momento, todos comen en silencio; sin embargo, los hermanos se lazan miradas a través de la mesa.]

ERIKA: Más tarde, cuando terminemos de estudiar, mi compañero y yo vamos a ir al cine.

DAMIAN: [gesticulando repentinamente y de una manera poco varonil] Genial. Lo mejor para un día tan feo como hoy. ¿Qué van a ver?

ERIKA [sonríe por haber metido la pata] Mm, sí, no sé, tenemos que decidir.

AGUSTIN: [interviene jocoso] Hmm guarda lo que van a ver, eh, esas películas adultas... Las PM18. Me parece que voy a tener que hablar con... ¿cómo se llama el rubiecito…?

PABLO: “Los últimos días de Sodoma y Gomorra”, ya me lo dijo. A mí me parece que es una película muy adulta.

DAMIAN: Ah ¿No es una historia del Antiguo Testamento?

AGUSTIN: [con un poco de sarcasmo a su hermano] Y me decís que ella te dijo. Más bien, me parece que fue al revés. Me lo imaginaba.

DOÑA CARMEN: [rompiendo el silencio en el que los observaba bien] ¿Pueden pararla ustedes dos? Tenemos una visita, por el amor de Dios.

PABLO: Sí, mejor cerremos el tema y no digamos de qué trata la película.

AGUSTIN: Ah, ¿ porque eso implicaría analizar lo que Dios  dispone en cuanto al…amor  para sus criaturas creadas? No para todas ellas, en todo caso.

DOÑA CARMEN: [se toca la frente y avergonzada dice en voz baja ] Ya no puedo más. Por favor, disculpanos, Damián. Estos dos se la pasan peleando sobre religión y yo no les importo.

DAMIAN. No se preocupe, Carmen. En casa solía pasar lo mismo.  Hasta que yo puse las cosas en claro para que terminaran las discusiones.

DOÑA CARMEN: Ah. ¿Y qué pasaba?

PABLO: [interrumpiéndolos de golpe] Bueno. Estaba pensando en que podríamos hacer un asado, una gran juntada familiar, al aire libre por supuesto. [sonríe para enmendar los roces; aunque se percibe que su intervención no disipa el interés que se generó]

AGUSTIN [con una sonrisa sarcástica] Está bien, es una buena idea, Pablo.  Y en esa ocasión vamos a tener una charla especial sobre mi.  [ rodea con un brazo los hombros de DAMIAN. Todos los miran ambos con expectación. Las luces bajan de a poco hasta que la oscuridad en el escenario es total.  Música]
                                                               
  Fin de la primera escena del Primer Acto.


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