miércoles, 30 de enero de 2019

BAÑADERA



    A lo largo del sofá, con la espalda apoyada contra un almohadón, Martín permanece semi recostado, como en posición de hacer abdominales, los brazos detrás de la nuca, los ojos perdidos en la visión de una compañera de Matemáticas del CBC, que en la última clase le dio una señal incierta de que él le gusta (o al menos, eso quiere creer).  Hace rato ya que algunas hojas de sus apuntes se deslizaron de sus rodillas hacia la región de los genitales. Otras cayeron al piso y de seguro allí terminarán olvidadas junto a  la caótica pila de fotocopias de FUBA y el vaso de Coca Cola que volcó al arrojarse sobre el sofá. ¡Qué importa! Herminia, la mujer que limpia, estará por llegar.
  Romina, se llama esa compañera del CBC. “Le daría toda la noche”, comentó con un flaco con el que entró en confianza este cuatrimestre. Al parecer, este también está interesado en ella. Desde la ventanilla del colectivo los vio caminar juntos a la salida de clase; el flaco debe tener buen chamullo porque ella iba echando la cabeza atrás de las risas. ¿Ya se la habrá garchado?  Como sea, Martín no piensa quedarse atrás; el chamullo no será lo suyo pero confía en su facha, en su cuerpo de tres veces por semana de gimnasio. El otro flaco no tiene chances contra estas cartas.
   Suena el timbre de calle pero Martín no puede sustraerse de los mensajes del grupo de Whatsapp de Matemáticas en el que participa Romina. Nuestro estudiante disperso comprueba con desencanto que los otros reaccionaron a sus humoradas menos ella. “Bueno, puede ser porque cuando uno chatea a veces también está ocupado en otras cosas y va participando espaciado”, se dice.
  Vuelve a sonar el timbre. “¡Va!”, dice con fastidio mientras acomoda su erección: es que se estaba imaginando a Romina en una bañadera con jacuzzi leyendo los mismos apuntes de clase, con el celu al lado haciendo pim cada vez que alguien aporta algo en el grupo de Whatsapp. Martín imagina que sus pezones emergen de la espuma cuando ella se incorpora para alcanzar el celular; en la visión ella se pone de pie y gira lentamente para agarrar una toalla exponiendo la primorosa pera que forman la cintura, las caderas y la cola. Ve cómo la espuma se retira lentamente y su figura se hace más definida. Pero también en su imaginación ella se muerde el labio inferior en un gesto de desaprobación mientas se seca el pelo: es por algo que él puso en el grupo y no le causó la menor gracia. Es posible que los juegos de palabras de Martín con doble sentido no sean precisamente algo que sume respecto de sus aspiraciones para con ella. Pero...¿Y cuando el otro flaco escribe alguna boludez? ¡Ah! Enseguida ella pone un emoticón sonriente! ¡Tengo que cambiar de estrategia! se dice, ahora con el doble de fastidio.
   Suena otra vez el timbre, más largo e impaciente.
 --¡Ya voy (pero la puta madre)!--, grita, mientas se dirige descalzo a abrirle a Herminia.
  Cuando abre la puerta le dan ganas de matarse: esta vez Herminia no solo trajo al mismo hijo de la vez pasada, ahora vino otro más. ¡Ah no! No me pueden joder así; tengo un parcial pasado mañana y así no voy a poder estudiar, se dice mientras le clava una mirada inquisitiva a Herminia. Ella, acostumbrada a su carácter, no le da la menor importancia; tiene permiso de la dueña de casa para traer incluso a los otros tres que tiene si quiere.
   Martín decide recoger las fotocopias del piso y se retira a su habitación hecho una furia. Putea por lo bajo, está dispuesto a llamar a su mamá al trabajo (aunque ya debe estar por regresar) para quejarse por esta invasión paraguaya como suele decir él. El vaso volcado y el charco de Coca sobre el piso quedan tan olvidados como hecho de que a Herminia le adeudan los días que vino a limpiar en lo que va del mes, y  de que la excusa de que sus padres se acaban de divorciar no alcanza, puesto que ambos están por irse de viaje separadamente. El celular de Martín también quedó olvidado, no se escuchan los pim que emite debajo de un almohadón en el sofá en el que estuvo soñando despierto.
  Con un portazo se aísla del resto de la casa. Herminia tiene permiso de limpiar con música, y ahora con la bulla que seguramente van a meter los dos pendejos que trajo ¡es todo lo que estaba necesitando!
  Al ver el estado de catástrofe posnuclear en que se encuentra su cuarto recapacita y piensa que a lo mejor debería dejar que esta vez Herminia le dé una mano, él que siempre le tiene la entrada prohibida a todos, incluso a  su mamá. Pero, bueno, si no aprovecha ahora, a lo mejor Herminia ya no regresa más no sin antes echarles una maldición en guaraní.   Abre la puerta y sale para ir a hablar con ella. Ve a los pendejos bien sentados en el sofá en el que estuvo hace unos momentos, viendo Nickelodeon. Pero el que vino por primera vez no está prestando atención a la tele, está jugando con el celular de Martín.
  --¡Qué hacés, dame eso acá!--, le dice al que se llama Milcíades, tal como lo llamó Albino, el que ya conoce. Este último le estaba diciendo con el ritmo sincopado de los paraguayos: Milcíades, dejá, po’ el celu-lá. E’ del pend-ejo e’ mierda
   --¡No se tocan las cosas ajenas!--, lo reta Martin, reprimiendo un insulto xenófobo cuando le arrebata su celu.  Y cuando mira la pantalla los ojos se le ponen como huevos porque hubo bastante actividad en el grupo de Matemáticas.  Y enseguida un ¡no! implosiona en su garganta cuando encuentra que hay un mensaje en el contacto individual de Romina. ¡Por fin se dignó a mandarme algo! piensa. Todas las cosas que me dice en el Whatsapp las pone en el grupo. Pero… ¿qué carajo es esto si todavía yo no le respondí?  Martín lee y se quiere desbautizar:

 ROMINA: Martin, te esperé la última clase a la salida para darte un cuaderno que olvidaste en el aula pero no salías nunca. Si lo necesitás urgente por el parcial nos vemos y te lo doy. Besos.

MARTIN: [MEDIA PANTALLA LLENA DE EMOTICONES Y DIBUJOS DE TODO TIPO] y  también: “AÑAMENBÚ”  “TUIU  IÚ  JÚ  JERA WEY PIRÚ

  --¡Che! ¡Por qué carajo me tocan el celular, las cosas ajenas no se tocan!--- estalla Martín simultáneamente con un zapucay de una festiva canción del país hermano con volumen alto, pero los chicos por toda reacción se ríen de las desventuras del gato Tom, ignorando al dueño de casa.
   ¿Y qué son esas palabras que pusieron? se pregunta Martín, una mueca que es una mezcla de pánico y desconcierto en su cara. Abandonando los nenes, marcha indignado buscando a Herminia por la casa. La encuentra en el baño que está junto a la habitación de su mamá. La ve de espalda agachada refregando la bañadera; la falda le queda subida, revelando la parte trasera de sus muslos y la concavidad extrañamente sugestiva del reverso de las rodillas. Sin querer se le cruza por la mente la fantasía que tuvo con Romina hace unos minutos, e inesperadamente encuentra que la pera de la tentación se insinúa también en Herminia, salvando las distancias, claro; y recuerda un comentario que le escuchó decir una vez a su papá  a otra persona estando al teléfono: “La paraguaya está todavía para un par de rounds”.
   Herminia siente su presencia a sus espaldas y se da vuelta para verlo. Con la levantada en peso que ya tiene preparada, Martín le pregunta:
   --¿Qué significan estas palabras que hay acá?--, y le muestra la pantalla del Whatsapp con lo que encontró en el contacto de Romina.
   --A ver… ¡Ja ja ja! ¿Y quién le-ense-ñó-eso, po’? E’ -algo feo que se le pue-de decir a- alguien…-- le contesta Herminia, secándose la transpiración de la frente con una mano enguantada.
    La acusación contra sus hijos está por estallar pero el sonido de la voz de su madre lo interrumpe; llegó y está llamado a Herminia desde la sala. A ella se dirige Martín no dispuesto a ahorrar una discusión. Pero también escucha un pim que indica la reacción de Romina en el Whatsapp y que consiste en varios signos de interrogación. Es la primera vez que una simple sucesión de signos le producen una especie de bochorno. Tiene que subsanar el daño en la comunicación y responder urgente a la propuesta que hizo ella para el encuentro. Martín camina lentamente a su cuarto, la vista fija en la pantalla de su celu, concentrado en lo que le va a responder. Y parece le llevó el tiempo suficiente como para lo que encuentra al alzar la vista: su mamá, desobedeciendo sus órdenes expresas, está dentro de su cuarto con Herminia y los dos nenes confianzudos. Entra él también lívido de la rabia:
  --¡Mamá!
  --¡Cállate, y dejame que logre que este cuarto se limpie alguna vez! Herminia, agarrá primero esa pila de ropa sucia, despejá todo este chiquero y después limpia todo. Lo único que sabe este atorrante es pegarse todo el tiempo a esa computadora y…
  --Sí, señora, por-que ió le di-je-al Martín que…
  --¡Está bien, pero primero dejen que separe lo que tengo que usar porque tengo que salir enseguida! Déjenme solo, ahora les aviso.
  --¡No, Martín! No tenemos todo el día, hay mucho para hacer!—todos se sobresaltan por la respuesta su Mamá--. Vos preparate mientras Herminia ya va ordenando.
    Pero los ojos de Martín casi se le desorbitan: detrás de su mamá y de Herminia, los pendejos activaron la pantalla de su computadora que se encontraba oscurecida, y ve que el video porno que estaba viendo un par de horas atras vuelve a empezar, solo que por suerte, está en la parte introductoria a una orgía feroz. Trata de manejar la situación con frialdad, calcula rápido y pone en práctica la acción que lo va a hacer zafar del momento: llama la atención de ambas sobre una cuestión con su placard al que señala con un dedo que apunta tembloroso en la dirección opuesta a las obscenidades en su PC. Mientras ellas miran a donde él quiere, Martín se mueve disimuladamente caminando hacia atrás, bloqueando con su cuerpo la vista de la orgía propiamente dicha que está por comenzar. Y con un toque preciso en el marco de la pantalla logra apagarla.  Inmediatamente toma a los dos nenes de las manos y quiere llevarlos  nuevamente al sofá frente a la tele. Pero Milcíades se resiste a dejar el cuarto, es como si se hubiera dado cuenta de lo que estaba pasando en la pantalla, ahora oscura.
  --Chicos, ustedes vayan que debe estar dando los Simpson. ¡Vayan!
   Zafó al parecer.  Albino, que maneja el control mejor que todos ahí ya está buscando el canal en la tele donde pasan los Simpson y la  mamá de Martín fue a contestar el teléfono. Herminia, mientras tanto, está tratando de entender cómo debe proceder con la “organización” del placard  de Martín (¿Cómo-  po’ -taba –queriendo- èt-e que le-hàga -aquí?)
   Luego de estirar una bermuda y una remera ajustada que le marca el torso, Martín deja trabajando a Herminia en su cuarto, no sin insistirle que NO TOQUE NADA y que los chicos no entren otra vez. Entra al baño, ahora refulgente de la reciente limpieza y abre la ducha. En el espejo que hay en la puerta contempla satisfecho su cuerpo trabajado por rutinas regulares y sonríe anticipando la efectividad del golpe maestro que piensa dar para conquistar a Romina cuando se encuentren para que le devuelva los apuntes. Cuando le vea los pectorales y los brazos del Hombre Araña que cultivó seguramente va a aceptar alguna invitación; la podría traer acá a su cuarto; Herminia lo va dejar a punto enseguida. Romina no se negaría a explicarle los ejercicios que les van a tomar en el parcial. Luego alguna expresión de agradecimiento casi susurrada al oído (Hmm ¿quedó enjuague bucal?), algún roce accidental  y…   Uno nunca sabe, debería tener puesto el bóxer nuevo que se compró…
   Sale de la ducha desnudo, con la toalla a la cintura, y vuelve a su cuarto por el bóxer. Y… ¡Otra vez no! Los pendejos volvieron a entrar y están tocándole la PC. ¿Cómo descubrieron la forma de activar la pantalla de la PC? Debe ser ese que se llama Milcíades, parece que la tiene reclara con estas cosas. Por suerte Herminia no está, debe estar cargando el lavarropas con sus prendas. Los ojos de Martin se vuelven a desorbitar: el mismo video porno ahora está bien avanzado: hombres y mujeres enmarañados en una orgía infernal como nunca había visto antes. Es extraño pero el hecho de que esos dos chicos estén viendo eso hace que Martín perciba lo malo de ese tipo de cosas; le hace sentir una terrible vergüenza y un sentimiento de  espantosa culpa. Se abalanza hacia la PC y desactiva nuevamente la pantalla mientras trata de retarlos con prudencia. Casi se le cae la toalla y queda tan desnudo como esos hombres y mujeres que los niños miraban fascinados. Martín siente que Herminia está por volver al cuarto. Ya entró devuelta con una escoba y una pala. Peter Parker casi desnudo forcejea con Albino por controlar el mouse de la PC y con Milcíades para que no vuelva a tocar la lucecita en el marco la pantalla para que no se active. Ante la insistencia de ellos, les dice contenido, tratando de minimizar el incidente:
   ---No toquen lo que no es de ustedes.
    --Queremos seguir viendo eso.
    ---Son cosas que yo estudio para la facultad. No es para chicos--. Martín pone el tono y la actitud de un joven sabio. Asume que Herminia se lo va a creer. ¿Qué puede saber de estos videos porno?—. Dejen, dejen. Esto no es para chicos.
  --- No, e-tá bueno, e-tá bueno--, dice Milcíades; parece hechizado por lo que vio. Martín procura disuadirlos luchando por no perder la calma:
 --- No es para ustedes. Es una película donde hay gente mala. Vayan a ver los dibujitos. La gente que se ve acá es mala. Hacen cosas malas, no es para chicos—
      En ese momento, Herminia, curiosa, los mira por sobre un hombro. Martín presiona ahora algo desesperado:-- Dejen, vayan afuera.
--- ¡Querè-mo’ ver un poco má !
 --- ¡No!  Dije que trata de gente mala, es algo violento, ¡se lastiman, se matan…!
     Milcíades dice con voz inocente:
 --- ¡Ah, y se muerden el pito…!